1.12.07

Aquí: en los reinos de la muerte.

Se sentó en la acera y veía pasar lo que su cabeza le pasaba. No entendía, no podía hablar, no existía para sí ni para los demás. La vieja idea le había abandonado al igual que la voluntad. Todo pasaba, sólo pasaba. Las paredes de los ojos estaban blancas, los laberintos del cerebro vacíos. ¿Cómo querer ni siquiera dejar de querer? Ahora sí era el vacío; ahora no había claridad ni oscuridad: sólo el incoloro panel de no saber y no querer. El mundo era un cuadro de mando integral inmenso sin indicadores ni objetivos. La empresa de la vida y de la muerte había quebrado. Las acciones habían perdido su valor; y el valor había perdido su utilidad. Esperaba sin esperanza ni desesperación sentado en la acera. Tenía por corazón una manzana en cuyo interior se agitaba una descomunal serpiente.

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