Carroña de vanidad, plato de buitres
Escribo desde las ruinas. Me reafirmo: todo será un instante, impremeditado, loco, apremiado por el agobio de ser un bípedo racional. Y todo será en un instante de alcohol a la temperatura del Sol. ¡Eso son grados y no el vodka!
Tenemos que dejar previamente saldados ciertos compromisos monetarios, morales y pseudo-afectivos. Aunque nihilista, tengo mis principios que no pueden ser cambiados a lo "hermano Marx".
Ya no pienso reiterar que el hombre debe ser superado. Eso lo han dicho por activa, por pasiva y bajo mármol. Yo no he venido demasiado pronto ni demasiado tarde. Mi cifra está calculada desde el principio de los tiempos. Ahora me toca ser normal: admitir un desahucio, sentirme solo, ser solo y refugiarme en los refugios al uso (esos refugios que tienen su anuncio en televisión para acudir a la acción social de los estados -esa acción social que pretende procurar más sufrimiento que la enfermedad-). Todo ha muerto, todo estaba muerto. Ahora cualquier renacimiento o resurrección no me va a hacer caer en el arrepentimiento o en la parábola de los talentos. Esa parábola, hasta mi último latido, hasta mi último respirar será el acto más criminal que se ha llevado a cabo contra el hombre. Quien formuló esa parábola, fuese quien fuese, fuese lo que fuese se hizo reo de todo desprecio y de una infinidad de muertes por lo que pretendía. Siento confrontar con mi padre en este aspecto; pero si renunciase a esta convicción no cumpliría con el cuarto mandamiento de la ley del diablo.
Neguémonos.
Amén.

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