A Dios le gustaban las pruebas. A los dioses, de por sí, les gustan las pruebas. Y a los humanos que se creen divinos también les gustan las pruebas. Sin embargo, estos últimos no caen en la cuenta de que la recompensa que ofrecen no es proporcional a sus pruebas. ¿Por qué? Porque la recompensa que ofrecen es una esclavitud mayor que la esclavitud de sus pruebas. Pero nosotros, los compasivos próximos a curar de nuestra compasión, les debemos a quienes tienen cuerpo y alma de examinadores el reconocimiento de que tienen una función que cumplir. Nosotros, los ananthropoi, aún le debemos al hombre el que haya sido la causa de nuestro nacimiento. El hombre necesita el sufrimiento, porque lo vive como premio.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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