La intervención del ahorcado
Destrozado, mutilado, sin hígado y amparado por los celos pulverizados a golpe de realidad.
A los normales, ¡salud! Brindo porque serán los cuatro días más intensos de mi muerte. Sin ridículo, sin vergüenza, sin amigos: como un dios que usa la cruz como mondadientes. El centro es silencio y fuego; el silencio lo ponen el alma y el miedo, el fuego lo pone el alcohol de Juan Cuesta. Ahora es el momento de los siglos, lo que se suele esperar, lo que las Meditaciones del Quijote no cuentan. Y hablando de tales Meditaciones: basta recomendar algo a alguien para que: o lo acepten o lo rechacen. Si lo aceptan, rechazas a quien lo acepta; si lo rechazan, aceptas a quien lo rechaza... durante un tiempo. Después ves en la soberbia del rechazo un desamparo vital y esencial de quien rechaza, algo como una muerte sobrevenida a gusto de la torpeza en que vive. Pero los esclavos también tienen derecho a querer ser esclavos. ¿No es verdad? (La interrogación es retórica; aquí no hay vivos ni muertos que respondan).
Cielo, vida, amor, corazón... Me voy. No porque quiera, sino porque me echas y me echan. Y cuando no me quieren al lado, mejor volar alto o bajo, ¡incluso mejor reptar! No escucharán mis escamas el desprecio. Good bye! Fuiste para el humo y el bemol, para el fuego y la armonía. Yo vuelo en mi nada más alto que el humo y que la nota que lo delata.
Adiós.

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