¡Ya!
Con ese par de letras todo se solventa... ¡Se disuelve cualquier agobio! Y se demuestra todo desprecio. Aunque hay desprecios mayores... ¡El de la apagada indolencia que ya no busca nada porque todo huele a podrido! O sea, yo.
Dos letras que dan la espalda, egoístamente antropomórficas y ajenas al mundo de los otros. ¿Qué más da?
¡Ya! Eso es. ¡Ya! El deber cumplido, el acto consumado bajo la esterilidad del mandamiento, las tablas de la Ley en la mente como un cáncer que puede (o no) devorar la castrante razón. (Pero yo he conocido a la Gran Castradora: nadie podría mutilar un sexo del que hace casi una década que carezco).
¡Ya! Radical, puro, definitivo, letal; pero infantil como una rabieta de bragas de algodón mojadas. ¡Ya!... Tanto como "es suficiente", "basta", "se acabó". Pero con la economía del odio entre sueños y con la parsimonia del absoluto desprecio en cada poro interno... y todo regado con el clorhídrico ácido de la justificación.
Sólo me queda la risa a golpe de látigo.

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