+ Y ahí voy +
¿A quién sirven estos ojos? A una misma ceguera.
El sótano, unas pastillas -las pastillas-, el viejo tiempo que nunca es pasado y siempre por redimir en la cera caliente de los otros, el silencio que no puede decir "esta boca es mía"; la grasa y el polvo acumulados en las esquinas del aburrimiento, las bisagras de la rebeldía oxidadas, las escamas del conformismo pudriendo las pupilas; todo lleno de luz y en oscuridad cada pensamiento, la rabia dormida, mil huidas en fuga... Un violín como violín para el oído y una lágrima como lágrima para el alma y un alma como alma para un dios y un dios para el corazón, ¡y un solo corazón! Ahí voy cayendo -que caigo, dicen-; es posible.

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