5.4.08

Castroxat

Un pueblo de castrados, pero invencibles. ¿Lo conocéis? Un pueblo de insensibles, mas no eunucos. Atravesado por Paroxetin's River, sus ciudadanos comulgan con la cañita y la tapita hasta convertir en epiplón sagrado la sebácea curva de la muerte. ¡Yo soy el rey de Castroxat! Los impuros mi legión, los moteros mi esperanza, las vírgenes mi utopía funeraria. Pero en esta aldea también hay plenipotenciarios llenos de ansia por el euro, por el confort y por tener el almita en buen acuerdo con su conciencia y con sus proyectos. Son los menos y, además, mendigos de saber expresar su necedad. ¿Os reflejáis? Ni lo sé ni me importa. Mi tren pasó... y se estrelló -quienes lo cogieron, ahora son padres y deben cada poro de sus inmunizadas entrañas al fruto de un ceniciento polvo-. Soy el Cristo de Castroxat, sin pijo ni bichitos cabezones que naveguen en los cojones; la polución nocturna de una aldea sin padres ni madres. ¿No lo creéis? En ese caso, cruzad el parque de noche, quedaos en el sin que los de seguridad den con vosotros. Y dormid sobre la hierba bajo los aspersores, elevad vergas, abrid coños, ungíos del frío de la vida. Lo más probable es que encuentren vuestra rigidez en algún hospital, preparada para la disección y el análisis. Cuando bebáis de este río lo sabréis. Los castrati saben cantar, elevar su dulce voz, mariconear con el destino. En Castroxat sabemos que papá y mamá para ser tales tienen que follar y alumbrar -el despojo arrojado no cuenta ni contará jamás-. Por eso honra a tu padre y a tu madre como el absurdo que el fatum impone a cada jamelgo. ¡Ay, jamelguitos míos! Es hora del aperitivo en Castroxat, esa hora que nos permite comprobar al regresar que el surtidor del alma sólo sirve para mear.

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