Buscar fuera
Las estrellas de San Lorenzo atraviesan el dogal hasta impactar en un corazón helado. Mientras, queda el arriero vaivén de la risa que no cesa. Las generaciones perpetúan la risa y el llanto -estériles en sí mismos como Dios es estéril por los siglos de los siglos-. Pero lo importante es opositar a muerto y defraudar a la conciencia. Siempre nos quedará algún periodista o juez que dé fe de esta barbarie con palabras bellas. Las iglesias, los bares, las terrazas: etílicos reductos de la solitaria peste ciudadana que se elevan bajo el subsuelo. Los perros siguen hambrientos, el cadáver de la oscuridad sigue esperando. Hay una pasarela en cada esquina y bajo el sol sobre la que poder ahogar entre risas gritos de socorro. Tú no importas, sólo complementas; tú no creces, sólo desarrollas. Los peldaños de cada escalera están ahí para sentarse antes de tropezar. Cuida tu piel, cuida tu pelo, cuida tus más ornamentales pertenencias... ¡salva tu culo! Es lo más precioso y cristiano que tenemos desde que venimos al mundo. Todo está fuera para que lo busquemos, son los otros los que prenden la mecha de la risa: entre conocidos es muy difícil ser serio o respetable o hacer valer el deseo como opinión. El que busca fuera se puede permitir encontrar por breve tiempo el enigma de lo extraño y admirarse. Después, a medianoche, se encienden las artificiales luces de la razón y todo vuelve a ser lamentablemente ciudadano y pordiosero. Nadie dijo jamás, entre los que no dejan de buscar sin encontrar, que el hombre fuese algo digno de ser padecido. Si la victoria está del lado del pasado, honremos y muramos.
