Hace frío. John Williams toca la Tocata mientras hiela. Las gárgolas del cerebro dejan dormir a los muertos. El primer verso no coincide. Hace más frío. La rabia huele a orín. En cada televisor habita un cáncer. Las iglesias arden... ¡Y todo no es más que un gran ángel en el cielo! La Providencia nos hace a todos la cama para que podamos dormir. Y pagamos el salario de la Providencia con el olvido. Pero hay maripositas que hacen gustoso el olvido, que vuelan danzas de candil y silban luminarias y absorben nieblas para el hacedor. Pero todo hacedor, imaginario incluso, es vendaval para sus providencias. Y todo vendaval usa los travesaños de la memoria para llegar hasta el fondo de la misma herida. Porque la herida siempre es la misma. La herida es una cizaña, la herida es una ponzoña, la herida es una hazaña de hechos sin renombre. La herida es una gárgola que orina sangre la última noche. Todas las madres se convierten en gárgolas a los pies de la abuela. Y hay ojos en las alas que cubren nuestra indiferencia, pero es baldío intuirlos. Alas de piedra, bocas de piedra, fuentes de piedra; roca en la mirada, roca en la garganta, roca en la ronca piedra: gárgolas. Y nada es tan fuerte como el hilo de su voz.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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