Cuando sientas mi fuerza, sigue mi consejo: ¡usa tu mano! Ella sabe su camino -es el mismo que el de tu desesperación-.
Cuando tengas valor, sólo basta un gesto: probar a dejar de respirar. Después de los dolores, después de las mentiras, después de los gritos en silencio; después de la sinrazón y en el laberinto.
Hay una lucha por librar: la del infierno.
Hay una victoria que alcanzar: besar el suelo.
Sobre tu silla de ruedas has de recorrer con dignidad el camino de baldosas sin color -y piensa siempre que la sangre no mancha-. Eres rueda sobre ruedas y carne en cañón -¿vas a dejar que te disparen como a tus padres o a tus "amigos"?-. ¡Rueda! La función apelativa de mi oración debería conminarte suavemente a tu destino: ¡volar bajo la sangre de tu asfixia!
No dejes que te alimenten ni que te laven ni que te desplacen: ¡vuela más allá de la necesidad que los otros puedan tener de ti! ¡Vuela bajo la sangre de tu asfixia!
El cielo se ha vuelto rojo y tú ya no tienes ojos. Ni siquiera hay sombras. ¿Lo notas mientras morir te duele? Pero no debe doler dejar la peste que abandonas. Librar la lucha de este infierno es morir en libertad. ¡Sin consignas! Esto no es una consigna, porque no hay paraísos de ningún tipo. En tu alma de tres culturas se han elevado tres mentiras y ninguna te ha engañado. No quedar impasible es no quedar vivo.
Hay una victoria que alcanzar y está en el suelo que respiras. ¡Deja de respirar! ¡Vuela sobre tu sangre! ¡Respira tu asfixia!
No combines palabras: no eres un hombre ni una mujer de letras. Destripa tus conceptos vomitando tus entrañas. ¿No es fácil? (A no ser que te hayan engañado).
Y si alguien te miente, mátale.
Y si alguien te engaña, acaba con su generación.
Aquí nada es espontáneo ni gratuito: todo es mosaico, justo, clásico, ¡veterotestamentario!
Y si alguien protege al malvado, que paguen sus hijos o sus bienes queridos -muchas veces un hijo no es más que un bien, se lo quiera o no-.
Aquí no hace frío, aquí se retribuye la infamia, aquí no se admite la pereza; todos los que aquí comulgan son diligentes al pagar -y pagan con la misma moneda-.
Han puesto nuestra dignidad entre el yunque y el martillo. Y es ahí precisamente donde ahora queremos poner su vida.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio