Felices Fiestas
Cada cual habla de lo que quiere -es un decir-. Yo hablo de lo que he aprendido: llega un momento en que comprendes que la voluntad no se puede aplicar a nada y que el Eclesiastés debería aprenderse de memoria. He aprendido que los miedos son absurdos. Cuando llega la hora, llega. Siempre temes eso que se supone que ha de suceder y que se supone que te ha de destrozar. Pero yo no puedo ni siquiera predecir que me haya de destrozar eso que todos tememos. He aprendido que las desgracias no vienen solas y que aún no he bajado todos los peldaños. He aprendido que, aunque no vengan solas, tú sí estás más solo que la una en la hora de padecer. Para mí no hay coches que comprar, ni piso que me hipoteque, ni compromisos que me vayan a dejar más a la deriva de lo que estoy. La experiencia me ha enseñado a extrapolar el desinterés y el desprecio. Siempre creí que formar una familia era una resurrección del aburrimiento cotidiano; ahora estoy bien cierto de que formar una familia sería prolongar la muerte en vida que todos llevamos a cuestas. ¡Ah! También he aprendido a cojear, a soportar hernias discales, a sufrir hasta el llanto los ataques de gota, a aproximarme lentamente a la diabetes hasta casi penetrarla... ¡He aprendido tanto y bueno! Pero la lección que más me ha marcado hasta que deje de expresarme el último día es que no hay eso que llaman "buenos sentimientos". Cualquier depredador de esos que llenaban la boca del viejo Félix Rodríguez de la Fuente es infinitamente menos voraz que el bípedoparlante homínido racional. El hombre no es lobo para el hombre -eso es una majadería-. El hombre es hombre para el hombre. Con eso se explica la podredumbre de vivir.

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