La amistad es un lecho, el amor una cama que no necesita estar bien hecha. Y como siempre me pregunto y hasta me respondo:
La hora de las respuestas no llega con la muerte; y la felicidad es un mar de ángeles que no hay que comprender. La tristeza nunca permanece.
En la sala de espera de un hospital está lo que nunca debe ser despertado: recuerda entonces que los amigos, si no existen, deben ser creados. La imaginación engendra ángeles.
Todo fluye en la rinorrea de nuestras mentes invernales.
La tranquilidad está tras la puerta de las sueños; y entra por un vial que te acelera el corazón y te lleva lejos -¡tan lejos como quiera el Sagrado Corazón!-.
La ciudad triste, las gentes tristes, las luces y los colores tristes; la soledad del silencio triste.
La tarde es una enfermedad que te hace próxima la hora del amén; nadie que no te quiera te llamará. La tarde es un laberinto de fiebre y una expresión (¡cómo la quiero! ¡soy tan afortunado!) y un rebanar el exceso innecesario.

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