9.12.08

La vida acaba gustando como los venenos. Cuando el veneno te mata más mortalmente, menos puedes prescindir de él. Eso me ha sucedido a mí. ¡Sí, hermano! Porque me crucifican científicamente a la invalidez sin provisión. Aquí me tienes, expósito y expuesto, ofrecido a la voluntad de no querer morir.
Pero hay otra cosa que no son quejas, hay otro delirio de enamorado y otro modo de interpretar los hechos, ¡incluso otro modo de interpretar los últimos días que te acercan a la Señora! Y así interpreto:
Que he sido querido (tal vez también amado), que he deseado y deseo, que celebro celebrar haber conocido a quien hizo de la felicidad algo más que un concepto y a quien me libró y me libra de la soledad.
Que renegué tras creer y que tras renegar, recreo; y recreo todos los parajes que mi creatividad levantó sobre el polvo cotidiano para levantar una fe que hace migas con el miedo.
Que me voy a ninguna parte, que me quedo hecho polvo, que me incinero.
Que hay lugares comunes que sólo se habitan por soledades muy poco comunes.
Que serán tiernos contigo cuando aflore tu dureza -y viceversa-.
Que estas letras serán un bostezo sabatino y un maldito recuerdo.
Que la pereza de vivir (¡pereza, pereza, pereza!) es lo que te hace ir muriendo.
Que la contradicción mueve el mundo: diarrea y sexo, flujo y ansia.
Que Platón tenía más razón que un santo y que los santos siguieron a Platón.
Que hay flores sin corola y corolarios como preceptos.
Sí, interpreto muchas cosas. Pero el único hecho que te lleva de facto, interpretes o no, es el imprevisto cuchillazo de la muerte.

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