13.1.09

Andadura: nada dura.

Si te quedan teclas para ello, puedes llamar al último unicornio. Teclea en blanco sobre blanco y no hagas alarde de tu mensaje. Sé breve. Has de estar muy cansado para escribir la llamada y percibir su trote. (¿Trotan los unicornios?). Lo más básico es el cansancio, no esperar nada, quedarte ahí, fuera del espacio. Usa el teclado hasta hacer música del plástico y convertirlo en piel; es más, te debería parecer que careces de dedos y manos. Hasta ese punto has de estar cansado para poder llamar al último unicornio. Desliza las letras, conviértelas en agua, que se te escapen (no sientas ira por ello: rabietas no), que lo escrito te parezca extraño y para otros. Date cuenta: se trata de la suave percusión que produce una llamada. Los repetidos golpes han de atraer y no ahuyentar: como si golpe y caricia debieran ir unidos libremente. ¡Golpe y caricia! La contradicción hecha carne en una sutil llamada sin deseo. Convierte esta pantalla en pergamino para que pueda tocarte el paraíso. El paraíso no es más que un arco iris sobre el que pasean los unicornios. Desde ese arco iris te ha de rozar el templado color del último unicornio que haya de pisar la tierra.
Ahora humedece tu garganta con breves y pausados sorbos de agua (sólo agua). A veces quema el anhelo de volver a llamar al último unicornio.


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