Dependientes, solitarios, perdidos dentro de sí... Ellos, los otros, los no-yo, los ancianos de la vida... ¿Eres tú un anciano de la vida? No hace falta mucho. Lo que pasa es que piensas o imaginas que estás en el mogollón de lo que te publicitan, que te sientes algo así como consumidor incapaz de ser consumido; te consideras más de lo que menos eres y no tienes en cuenta lo desconsiderado que eres con tus limitaciones. ¡Vamos! ¡Resumiendo!: Que el azar está ahí dentro, en la vena, en el colapso, en la magia de una caída al vacío. Pero, mientras, se otea el paraíso de no sentir y se vislumbra el indiferente paradero de la muerte dulce. Se trata de palabras, de dudas, de mentiras... de verborrea caliente en el frío hielo de la nocturna caminata. Y el final es mero aburrimiento, puro vencimiento y más colapso. Lo sé: ¡divagaciones! Toso, me deslumbro, transformo consejos en quejas, cojeo; a veces hasta me muero de retórica. ¿Y? Verás, es muy fácil, simple, sencillo como no pretender; es algo así como una congestión integral, la constricción de todas las esperanzas, la pura luz de la dura oscuridad. ¿Me explico? Seguramente no, lo más probable es que no. ¡A ver! Duelen los dependientes, duelen los solitarios, duelen los perdidos dentro de sí. ¿No lo crees así? Los invisibles duelen porque estamos vestidos de esa invisibilidad y no la sentimos. Se puede decir más fácilmente, pero no es lo mismo. Lo enrevesado tiene su aquél y su porqué, la complejidad -a su modo- se explica... ¡No para todo el mundo, desde luego! Pero sí para esos que intuyen que un día serán ancianos de la vida. ¡Fíjate! El proceso es el mismo en cada hospital y en cada desgracia. Si te toca a ti, señalado y marcado, pareces distinto; ¡pero no es así! Todo es un trámite, la burocracia de lo que desaparece, la lentitud de la muerte -esa rápida (rapidísima) lentitud-, los acordes ruidosos, los pantallazos sin vínculo; las llamadas por cortesía, los resbalones en el cielo, el kilo de veneno en el estómago, el sobrepeso de una lascivia sin deseo, los toques que palpan el vacío, la garra en el cuello... ¡Todo sintetizado en el trámite! ¡Todo proceso! ¡Todo evaluable y vírico! ¡Todo en el destín de una vacua eternidad enferma! Porque, ¡a ver!, dime tú: ¿de qué murieron esos dioses campechanos que nos daban de comer las órdenes de cada día?... Contesta algo, arriesga, mete baza. ¿No hay respuestas? Entonces es que eres joven, soberbio, ganador y un apuesto ignorante (el género aquí, como en casi todo, no importa). Como si un caracol llegara a la cima de un hierbajo: así se distancia uno de lo que pretendo significar. Porque no hay moral de ganador en los ancianos de la vida... ¡En absoluto! En los ancianos de la vida no hay nada. Por eso la palabra no merece ningún sepelio, porque no es fiel a las dependencias que fragua entre sus diálogos... Realmente, la palabra merece morir. Ya lo hizo el alma y no por ello nos hemos escandalizado. Al contrario: nos hemos visto dependientes, solitarios y perdidos.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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