Soy un sandwich de jamón serrano y el latido hacia la infancia de una meta que pueden llamar amor. Y tú eres la reina del roscón. ¿Quién nos redimirá de nuestro pecado original -"nicotina" el tuyo, "indigestión" el mío-? Quiero hacer de ti un café con churros en el que las galletas María no tuvieran las horas contadas. ¿Me ayudas? Yo no soy un propósito de año nuevo; soy algo más que una intención y que una canción de asfalto; soy un destino capaz de quedarse tan ancho por afirmarse a sí mismo una noche fría de invierno. Todo invierno puede girar hacia su verano, sin sentirse arruinado, con una cabalgata de hadas desfilando baile a baile por la helada sangre de sus días. Yo ahora regalo las sonrisas que antes disparaba para defenderme. Yo ahora pinto tarjetas con colores de palabra para felicitar y agradecer, no por el compromiso de una necesidad que a veces el miedo impone. Puedo ser la sonrisa de un bebé y perder el juicio que jamás me caracterizó -los juicios no son sacramentos-. Puedo prestar atención sin más interés que el que puedan negociar la inocencia de un niño y la protección de unos padres. Yo no soy el vencimiento de un diagnóstico ni la antesala de una eterna prescripción facultativa, sino el efecto secundario de una sobredosis de indiferencia que un pequeño ángel puede remediar. Soy copa y raíz de un árbol genealógico tan grande como mi libre necesidad de amarte. Soy un folio repleto de líneas como firmamentos que se inclinan ante la magia de tu estrella. Y no soy un engendro, sino la viva ansia de engendrar en ti.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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