Dejadme ya. Las luces...
Una tarde noche de invierno, líneas buscando, decepciones sencillas.
Cuando saludo no me quito el sombrero, sino la cabeza.
Un Prozac con leche y una barrita de Tranxilium 15 con Noctamid, por favor. Hoy desayunaré ligero. Pero el tentempié del gin tonic con Topamax y Sinogán no lo puedo dejar, caballero.
Para muchos (¡y qué me importan a mí los muchos!) lo que voy a escribir sería "una burrada". Pero el mejor regalo de este próximo cumpleaños podría ser la muerte; porque, ¿qué es la muerte para un muerto? ¡Una redundancia como todo regalo!
Mari Trini que estás en los cielos...
¡Qué penita esto de ir sobreviviendo y malmuriendo a la vez!
No tengo ni puta idea de lo que dice, pero hay una canción que me permite desafiar al sol en esta tarde de fuego: oi meres pou dikazoun. Escucharla debe ser como sentir que unos padres a los que hubieses querido y que te hubiesen querido hubiesen muerto; como sentir que una compañera en la que hubieses depositado todo te traicionaba por sus nervios; como sentir que sólo una canción es lo que nunca te abandona en el momento del último ahogo.
Y tú, ¿qué coños miras?

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