La peste se va a las playas y de este modo la selva queda libre. Algún muerto, algún contaminado, alguna cabeza partida sobre el espinazo en medio de la carretera; borrachos al volante, familias con el bañador y el flotador bajo las almorranas, sonrisas de plástico, jetas de limón. Todo perfecto. La selva los recibirá después con espinas como dardos para que sigan ejerciendo de faquires y progenitores. Ellos recibirán el consolador del fútbol y ellas se consolarán con el jugador del piso de abajo: todos contentos, conjuntados, amalgamados en la felicidad de desconocerse. Los niños lo pasarán mejor, porque tienen casi tres meses para vivir las torturas que genera la inocencia de la infancia (¡sí, aún hay inocencia en los enanos!). Luego los empollones retornarán a su caldito y los díscolos a prepararse para ser carne de cañón en las aulas. Los "profes" (algunos) aprovecharán estas vacaciones para enterrar la paroxetina y dejarla junto a los preservativos marca "Tecorneo", irán a la costa y se declararán homosexuales madres y padres de familia de pecho democrático. Mi cerebro se hará más viejo, la cagaré más y mejor, olvidaré y le diré a mi padre (que está en los cielos) que ya es hora de sentarse a descrear. Pero aún he de seguir, aquí, con mi trabajo de sirviente... ¡Sólo unos días más! Después, apenas dos semanas, ¡la selva! ¡Virgen como el primer día! ¡Aterradora, demoníaca, podrida y pudriente! Por fin le podré decir a ese mundo imaginario que este otoño hay, como todos los otoños, una esperanza (¡esta vez sí!) de que los pollos, los cerdos -lo que sea- cuaje en el ser humano y se esparza en una letal pandemia que deje al mundo solo, sin nadie, pacífico, descontaminado y hacia su pureza. Toda muerte es una purificación para el mundo.
Larga post data para mí mismo:
¿Te has dado cuenta, Próspero, de que hay seis meses en este diario en los que no escribiste nada? ¿Es posible que eso sea tanto como decir que en cuatro años sólo ha habido seis meses en los que la apariencia de la felicidad te ha vencido? Lo dejo ahí, amor mío.
Y también recordarte, ¡Próspero rey!, cómo los "amigos" se olvidan de cómo el tiempo pasa sobre uno; lo cual debe hacerte ser fiel a tu compromiso con la memoria y, si es posible, no olvidar. Así, por ejemplo, el día de los enamorados es un perfecto día para amar y recordar que hay que olvidar. Así, por ejemplo, los días del padre y de la madre son los días más idóneos para recordar la deshonra de proceder de un padre y de una madre. Lo dejo ahí, amor mío. Una cosa más, Próspero: ¡Tú puedes con eso... y con mucho más! Son sólo humanos.

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