La Selva de Próspero
Sapere aude!
29.8.09
Las calles están limpias. Aún falta para que el sol se vaya. Es la siesta y la nana. La abuela espera a que todo esté listo para irse. Los años pasan al otro lado de la ventana y sus ojos ven el tiempo imaginado. Frente a ese edificio no hay nada y la mirada se pierde en el horizonte. El banco de la esquina está vacío, sólo lo ocupa un pordiosero que también se está muriendo. El vino es bueno hasta con cuarenta grados a la sombra, porque supongo que le ayuda a no saber que no verá amanecer mañana. La vida en la mirada de la abuela que muere, la muerte en la mirada del pordiosero que muere; dos miradas y dos muertes mientras Saturno gobierna la tarde y su fuego cosecha almas para la noche. Quizás alguien abandonado camine solo por la acera. ¿Qué verá su cerebro bajo los efectos de la insolación? Quizás la biblia negra de Baudelaire antes de subir a los cielos; quizás a Rimbaud masturbando a treinta infantes en un aula de plata; quizás a Milton succionado por la cobra blanca que deambula maternal por el barrio; quizás a Blake con las tablas de la ley sobre los hombros mientras de sus ojos salen los ofidios marinos que amaron a Laocoonte y a sus hijos. Las calles limpias, las persianas bajadas, los párpados cerrados y sudorosos, los estudiantes ciegos. Cuando alguien sale de un portal es probable que se dirija a un hospital para no volver. Las casas están habitadas por cenizas en potencia. Los hospitales están habitados por cenizas. "¿Por qué te vas, mamá?" Una tela de calor hace vibrar las pupilas. El calor es una cortina y un biombo como la absenta es un muro y una sábana. En la frente del pordiosero se está produciendo una vista previa del vacío -le queda poco-. Una balada repta por los surcos del cerebro de la abuela -le queda nada-. "¿Por qué me llevas?" Un gordo rueda hasta el contenedor para grasas del ayuntamiento -es un buen ciudadano-. Un perro perdido trota como si no estuviera perdido -pero lo está-. La iglesia está bañada de sol, no es posible mirar la fachada sin quedar deslumbrado. El ángel exterminador está precisamente ahí, en la fachada. Esta noche él y Saturno transformarán este calor en asfixia y limpiarán las calles. "¿Por qué han de venir conmigo?" Me duele la cabeza y estoy sobrio. Alzo la mano, cierro los ojos, el sudor baña mis lacrimales y escuece. La insolación solitaria me permite saludar a Zaratustra bajo la marquesina. Le pregunto por los niños que van a nacer y me da a morder una serpiente, pero yo no soy pastor ni me suelo quedar dormido. El pordiosero alimenta a las hormigas. La abuela alimenta la leyenda de Dios.
Las calles están limpias. Aún falta para que el sol se vaya. Es la siesta y la nana. La abuela espera a que todo esté listo para irse. Los años pasan al otro lado de la ventana y sus ojos ven el tiempo imaginado. Frente a ese edificio no hay nada y la mirada se pierde en el horizonte. El banco de la esquina está vacío, sólo lo ocupa un pordiosero que también se está muriendo. El vino es bueno hasta con cuarenta grados a la sombra, porque supongo que le ayuda a no saber que no verá amanecer mañana. La vida en la mirada de la abuela que muere, la muerte en la mirada del pordiosero que muere; dos miradas y dos muertes mientras Saturno gobierna la tarde y su fuego cosecha almas para la noche. Quizás alguien abandonado camine solo por la acera. ¿Qué verá su cerebro bajo los efectos de la insolación? Quizás la biblia negra de Baudelaire antes de subir a los cielos; quizás a Rimbaud masturbando a treinta infantes en un aula de plata; quizás a Milton succionado por la cobra blanca que deambula maternal por el barrio; quizás a Blake con las tablas de la ley sobre los hombros mientras de sus ojos salen los ofidios marinos que amaron a Laocoonte y a sus hijos. Las calles limpias, las persianas bajadas, los párpados cerrados y sudorosos, los estudiantes ciegos. Cuando alguien sale de un portal es probable que se dirija a un hospital para no volver. Las casas están habitadas por cenizas en potencia. Los hospitales están habitados por cenizas. "¿Por qué te vas, mamá?" Una tela de calor hace vibrar las pupilas. El calor es una cortina y un biombo como la absenta es un muro y una sábana. En la frente del pordiosero se está produciendo una vista previa del vacío -le queda poco-. Una balada repta por los surcos del cerebro de la abuela -le queda nada-. "¿Por qué me llevas?" Un gordo rueda hasta el contenedor para grasas del ayuntamiento -es un buen ciudadano-. Un perro perdido trota como si no estuviera perdido -pero lo está-. La iglesia está bañada de sol, no es posible mirar la fachada sin quedar deslumbrado. El ángel exterminador está precisamente ahí, en la fachada. Esta noche él y Saturno transformarán este calor en asfixia y limpiarán las calles. "¿Por qué han de venir conmigo?" Me duele la cabeza y estoy sobrio. Alzo la mano, cierro los ojos, el sudor baña mis lacrimales y escuece. La insolación solitaria me permite saludar a Zaratustra bajo la marquesina. Le pregunto por los niños que van a nacer y me da a morder una serpiente, pero yo no soy pastor ni me suelo quedar dormido. El pordiosero alimenta a las hormigas. La abuela alimenta la leyenda de Dios.
26.8.09
Si un ratón se come a un gato no es un ratón.
¿Sabes contar ratones?
El que cuenta ratones no sabe asfaltar una acera.
No hay aceras para ratones ni alcantarillas para gatos.
Los que beben cerveza saben mucho de ratones y gatos.
Ni un gato es aperitivo para un ratón, ni un ratón es aperitivo para una acera.
La cerveza puede confundir al ratón y al gato, pero no al bebedor de cerveza.
La cerveza maúlla sobre la acera y el bebedor es un ratón.
No hay gatos tristes ni bebedores alegres.
Los ratones no saben reír, los gatos no usan zapatos y los gatos con botas son unos cuentistas.
Si un ratón se cuela en la cerveza acabará borracho como un gato desnudo sobre la acera.
Si juegas al ratón y al gato no bebas cerveza.
Si presumes de ratón eres un gato borracho.
Si un ratón se come a un gato no es un ratón.
¿Sabes contar ratones?
El que cuenta ratones no sabe asfaltar una acera.
No hay aceras para ratones ni alcantarillas para gatos.
Los que beben cerveza saben mucho de ratones y gatos.
Ni un gato es aperitivo para un ratón, ni un ratón es aperitivo para una acera.
La cerveza puede confundir al ratón y al gato, pero no al bebedor de cerveza.
La cerveza maúlla sobre la acera y el bebedor es un ratón.
No hay gatos tristes ni bebedores alegres.
Los ratones no saben reír, los gatos no usan zapatos y los gatos con botas son unos cuentistas.
Si un ratón se cuela en la cerveza acabará borracho como un gato desnudo sobre la acera.
Si juegas al ratón y al gato no bebas cerveza.
Si presumes de ratón eres un gato borracho.
24.8.09
Las ruedas y su olor a goma. Las casas... El timbre... Las linternas... El puente... El escenario... Me quieren ver. A pedazos me quieren ver de noche... Mi bifurcación es amplia... Nadie me quiere traicionar... No hay fenómenos naturales en este camino. Ninguna tecla es más acorde que otra, ningún registro es más requerido. Cada ciudad tiene su pecado y su desierta algarabía. No puedo entenderlo todo ni puedo entender nada.
Me divierte la simplicidad, me aburre la monotonía: por eso las alterno. Hago giros de índice y volteo las luces de la memoria. Sé que los rayos parten la tierra y que los relámpagos se quedan en el cielo. Amaretto. Respetar es de sabios y se ha de respetar el olvido.
Ocasos y una garganta sin más bebida que la sangre oliendo a humo, leyendas y derechos, tribulaciones secas. Todo se reduce a la última sílaba haciendo eco.
Las ruedas huelen a goma. Las ruedas se queman. La tarde se quema. Pero la noche está ahí. Yo quiero una noche de tormenta y una mujer desnuda en los cielos. Yo quiero la boca abierta del entusiasmo en un collage de razas hambrientas por la nada, un quebrantahuesos asado, un cadáver exquisito, un puzzle de distonías. ¡El miedo! ¡La lúgubre imposibilidad de morir! Veo a cada idea con su capuz y a cada moribundo con su lepra de acomodado.
El tiempo se ha parado. Todos me perdonan. Las vías vuelan y una flauta suena. La oscuridad se hace señor, las hojas se vuelven amarillas, el bajo dilata y contrae sus cuerdas. El fuego no crepita, es silencioso y cubre Atenas. Amaretto.
Con una aguja pincharía el globo de la vida.
Las ruedas y su olor a goma. Las casas... El timbre... Las linternas... El puente... El escenario... Me quieren ver. A pedazos me quieren ver de noche... Mi bifurcación es amplia... Nadie me quiere traicionar... No hay fenómenos naturales en este camino. Ninguna tecla es más acorde que otra, ningún registro es más requerido. Cada ciudad tiene su pecado y su desierta algarabía. No puedo entenderlo todo ni puedo entender nada.
Me divierte la simplicidad, me aburre la monotonía: por eso las alterno. Hago giros de índice y volteo las luces de la memoria. Sé que los rayos parten la tierra y que los relámpagos se quedan en el cielo. Amaretto. Respetar es de sabios y se ha de respetar el olvido.
Ocasos y una garganta sin más bebida que la sangre oliendo a humo, leyendas y derechos, tribulaciones secas. Todo se reduce a la última sílaba haciendo eco.
Las ruedas huelen a goma. Las ruedas se queman. La tarde se quema. Pero la noche está ahí. Yo quiero una noche de tormenta y una mujer desnuda en los cielos. Yo quiero la boca abierta del entusiasmo en un collage de razas hambrientas por la nada, un quebrantahuesos asado, un cadáver exquisito, un puzzle de distonías. ¡El miedo! ¡La lúgubre imposibilidad de morir! Veo a cada idea con su capuz y a cada moribundo con su lepra de acomodado.
El tiempo se ha parado. Todos me perdonan. Las vías vuelan y una flauta suena. La oscuridad se hace señor, las hojas se vuelven amarillas, el bajo dilata y contrae sus cuerdas. El fuego no crepita, es silencioso y cubre Atenas. Amaretto.
Con una aguja pincharía el globo de la vida.
23.8.09
Michel Houellebecq, Muriel Barbery, Lucette Destouches y Michel Tournier... Mis penúltimas lecturas. Cada vez leo menos. No hay tiempo para disfrutar de las lecturas; así que, ¿para qué leer? El mundo es de la peste, no de las líneas que la reflejan. El primer mandamiento es "no leáis"... Y no hay más mandamientos.
Michel Houellebecq, Muriel Barbery, Lucette Destouches y Michel Tournier... Mis penúltimas lecturas. Cada vez leo menos. No hay tiempo para disfrutar de las lecturas; así que, ¿para qué leer? El mundo es de la peste, no de las líneas que la reflejan. El primer mandamiento es "no leáis"... Y no hay más mandamientos.
22.8.09
Los anuncios... Si compras este producto ayudas a los más necesitados... Calidad, buen precio, distinción, salud... Consulte al farmacéutico... La caca del estreñimiento, la fragancia contra la caca, la protección para el culito de la caca, limpieza absoluta de la caca, defensas para una buena caca... La publicidad protege, defiende, previene... Hay estética, ética y religión en la publicidad.
Los anuncios... Si compras este producto ayudas a los más necesitados... Calidad, buen precio, distinción, salud... Consulte al farmacéutico... La caca del estreñimiento, la fragancia contra la caca, la protección para el culito de la caca, limpieza absoluta de la caca, defensas para una buena caca... La publicidad protege, defiende, previene... Hay estética, ética y religión en la publicidad.
18.8.09
Sudo angustia y sólo tengo este rectángulo para vomitarla; sin embargo, no por vomitarla aquí me voy a vaciar de ella. Y no es una angustia existencial y refinada, sino la de todos, pero vivida con sensores más potentes. Me falta razón práctica, carezco de razón instrumental; me sobra lo superfluo (así escrito no inspira compasión y parece un diagnóstico). Pero da igual si se tiene en cuenta que nada es para siempre. Cada vez me ha venido dominando más la impotencia. Cada vez he ido más inclinado a la depresión, a la obsesión y a la dependencia. Cada vez me he ido volviendo más gilipollas (creo que se escribe así). Y cuento con ángeles que me apoyan, pero mi angustia los difumina, los vuelve precarios, los aleja. A veces la angustia se hace más gilipollas (creo que se escribe así) y se convence de que es orgullo y destino, pero no es más que lo que he escrito (creo que se escribía así como lo escribí). Parece no haber consuelo, sino un nudo en el estómago, un vuelco en el corazón y una fiebre en el cuerpo. Alguien decía uno de estos días en una peña en la que faltaban camisetas para los socios: "El año que viene la gripe A logrará que sobren camisetas. Quedarán aquí, esparcidas en este corral como memoria amarga. ¿Por qué preocuparnos, pues?" No le faltaba razón a este juez. Ya disponemos de cifras aunque nos falten los cadáveres. El minimum de muertes está asegurado y el peldaño más bajo de la estadística no lo mueve ni Dios. Como poco ocho mil, esos son seguros, ¡ministerialmente certificado a prueba de errores! A eso súmale algunos accidentes de carretera y algunos miles de imprevistos. Tal vez la angustia viene de creer que se va a sobrevivir y que tendremos que enfrentarnos a lo que todos se enfrentan cada día, aunque en mi caso con sensores más potentes. Pero desensibilizarse es cosa de química, nada que resulte muy caro -apenas unos céntimos de euro-. ¡Eso sí, hay que retratarse en la base de datos! ¡Hay que dar el numerito de víctima a Sanidad! Si no te proclamas carne de psiquiátrico has de vivir la muerte cotidiana como los ciudadanos ejemplares y desconocidos, cuya química les permite ser anónimos. Pero antes de la sentencia, antes de la receta sudo angustia, una angustia única y ejemplar como si todos mis miedos celebraran el último guateque. Por otro lado la angustia es como un recinto aislado que te priva del horizonte; te aísla con la soledad más irreal que puedas imaginar, ¡te vuelve hostil a cualquier salida! Porque uno podría lavarse las manos de la culpa, seguir el protocolo sanitario y anticiparse al desenlace hasta evitarlo; pero nos obstinamos nosotros, los de potentes sensores, en captar el dolor en todos sus matices. Así nos luce el pelo. Así nos va. Así somos. Así somos de gilipollas (creo que se escribe así).
Sudo angustia y sólo tengo este rectángulo para vomitarla; sin embargo, no por vomitarla aquí me voy a vaciar de ella. Y no es una angustia existencial y refinada, sino la de todos, pero vivida con sensores más potentes. Me falta razón práctica, carezco de razón instrumental; me sobra lo superfluo (así escrito no inspira compasión y parece un diagnóstico). Pero da igual si se tiene en cuenta que nada es para siempre. Cada vez me ha venido dominando más la impotencia. Cada vez he ido más inclinado a la depresión, a la obsesión y a la dependencia. Cada vez me he ido volviendo más gilipollas (creo que se escribe así). Y cuento con ángeles que me apoyan, pero mi angustia los difumina, los vuelve precarios, los aleja. A veces la angustia se hace más gilipollas (creo que se escribe así) y se convence de que es orgullo y destino, pero no es más que lo que he escrito (creo que se escribía así como lo escribí). Parece no haber consuelo, sino un nudo en el estómago, un vuelco en el corazón y una fiebre en el cuerpo. Alguien decía uno de estos días en una peña en la que faltaban camisetas para los socios: "El año que viene la gripe A logrará que sobren camisetas. Quedarán aquí, esparcidas en este corral como memoria amarga. ¿Por qué preocuparnos, pues?" No le faltaba razón a este juez. Ya disponemos de cifras aunque nos falten los cadáveres. El minimum de muertes está asegurado y el peldaño más bajo de la estadística no lo mueve ni Dios. Como poco ocho mil, esos son seguros, ¡ministerialmente certificado a prueba de errores! A eso súmale algunos accidentes de carretera y algunos miles de imprevistos. Tal vez la angustia viene de creer que se va a sobrevivir y que tendremos que enfrentarnos a lo que todos se enfrentan cada día, aunque en mi caso con sensores más potentes. Pero desensibilizarse es cosa de química, nada que resulte muy caro -apenas unos céntimos de euro-. ¡Eso sí, hay que retratarse en la base de datos! ¡Hay que dar el numerito de víctima a Sanidad! Si no te proclamas carne de psiquiátrico has de vivir la muerte cotidiana como los ciudadanos ejemplares y desconocidos, cuya química les permite ser anónimos. Pero antes de la sentencia, antes de la receta sudo angustia, una angustia única y ejemplar como si todos mis miedos celebraran el último guateque. Por otro lado la angustia es como un recinto aislado que te priva del horizonte; te aísla con la soledad más irreal que puedas imaginar, ¡te vuelve hostil a cualquier salida! Porque uno podría lavarse las manos de la culpa, seguir el protocolo sanitario y anticiparse al desenlace hasta evitarlo; pero nos obstinamos nosotros, los de potentes sensores, en captar el dolor en todos sus matices. Así nos luce el pelo. Así nos va. Así somos. Así somos de gilipollas (creo que se escribe así).
17.8.09
El calor es un champiñón (surrealismo abochornado de sí)
Los borrachos, los perdidos, los errabundos, toda esa peña que desdeña la compasión... están aquí.
Las charlas vacuas, los chascarrillos, los "dimes" y "diretes", el gran rumor del mundo transformado en teatro frente a unos botes de birra y unos cubatas de acero... están aquí.
Las pendencias que flotan, los muertos que flotan, las denuncias que flotan, los andares mutilados del alma que se niega a participar en los desfiles de la razón... están aquí.
El "buen borracho", el "buen ladrón" de la conciencia, los que deambulan en el carmen del corazón, los que florecen sin maldad ni desdén, los no vencidos por la victoria -sino por la derrota-... están aquí.
Las charlas vacuas, los chascarrillos, los "dimes" y "diretes", el gran rumor del mundo transformado en teatro frente a unos botes de birra y unos cubatas de acero... están aquí.
Las pendencias que flotan, los muertos que flotan, las denuncias que flotan, los andares mutilados del alma que se niega a participar en los desfiles de la razón... están aquí.
El "buen borracho", el "buen ladrón" de la conciencia, los que deambulan en el carmen del corazón, los que florecen sin maldad ni desdén, los no vencidos por la victoria -sino por la derrota-... están aquí.
La jeremiada, las palabras transformadas en viento abochornado, los vaivenes del pasar... están aquí.
El calor está aquí... insoportable, denso, seborreico... El calor está aquí... sin tapón de corcho que lo contenga, avinagrado, uterino... El calor está aquí sin guardar, profano, sin vergüenza. Mamá tiene calor, papá tiene calor, el "guau guau" tiene calor... ¡los pajaritos -hijos míos- también tienen calor -pobrecitos-! El calor está aquí como Pedro por su casa... como Próspero por su selva. El calor caldoso está aquí... ¡caldito de mi vida! El calor es un río, el calor está aquí y es un río. El calor, al igual que tú y yo, es un estado y por eso está aquí. Para ti y para mí, el explícito calor, el pornográfico calor, el orgulloso calor... está aquí (como un champiñón).
El calor es un champiñón (surrealismo abochornado de sí)
Los borrachos, los perdidos, los errabundos, toda esa peña que desdeña la compasión... están aquí.
Las charlas vacuas, los chascarrillos, los "dimes" y "diretes", el gran rumor del mundo transformado en teatro frente a unos botes de birra y unos cubatas de acero... están aquí.
Las pendencias que flotan, los muertos que flotan, las denuncias que flotan, los andares mutilados del alma que se niega a participar en los desfiles de la razón... están aquí.
El "buen borracho", el "buen ladrón" de la conciencia, los que deambulan en el carmen del corazón, los que florecen sin maldad ni desdén, los no vencidos por la victoria -sino por la derrota-... están aquí.
Las charlas vacuas, los chascarrillos, los "dimes" y "diretes", el gran rumor del mundo transformado en teatro frente a unos botes de birra y unos cubatas de acero... están aquí.
Las pendencias que flotan, los muertos que flotan, las denuncias que flotan, los andares mutilados del alma que se niega a participar en los desfiles de la razón... están aquí.
El "buen borracho", el "buen ladrón" de la conciencia, los que deambulan en el carmen del corazón, los que florecen sin maldad ni desdén, los no vencidos por la victoria -sino por la derrota-... están aquí.
La jeremiada, las palabras transformadas en viento abochornado, los vaivenes del pasar... están aquí.
El calor está aquí... insoportable, denso, seborreico... El calor está aquí... sin tapón de corcho que lo contenga, avinagrado, uterino... El calor está aquí sin guardar, profano, sin vergüenza. Mamá tiene calor, papá tiene calor, el "guau guau" tiene calor... ¡los pajaritos -hijos míos- también tienen calor -pobrecitos-! El calor está aquí como Pedro por su casa... como Próspero por su selva. El calor caldoso está aquí... ¡caldito de mi vida! El calor es un río, el calor está aquí y es un río. El calor, al igual que tú y yo, es un estado y por eso está aquí. Para ti y para mí, el explícito calor, el pornográfico calor, el orgulloso calor... está aquí (como un champiñón).
14.8.09
Los círculos de la lagartija
El muro blanco mueve sus lagartijas. Todos tienen el dinero suficiente para rodar o reptar. Mis palabras sólo sirven para masturbarme o para evadir las sentencias del psiquiatra. Mis conclusiones son exactas: Cuando se sobrepasa el límite, todo es ilimitado.
Los círculos de la lagartija
El muro blanco mueve sus lagartijas. Todos tienen el dinero suficiente para rodar o reptar. Mis palabras sólo sirven para masturbarme o para evadir las sentencias del psiquiatra. Mis conclusiones son exactas: Cuando se sobrepasa el límite, todo es ilimitado.
13.8.09
Cañas
Los sueños que tenemos cuando dormimos no son reales, así que se puede estar tranquilo. Esa sensación de abatimiento pasa cuando se toma un café... el café... sólo café basta. Las lágrimas de San Lorenzo han llovido durante la noche, el fuego se hizo sudor y el viento nos refrigera ahora (esta corriente de viento que todo lo ventila). El merecido descanso toca a su fin para dar paso al obligado infierno. Las molestias están ahí, las atiendas o no, anunciando un otoño doloroso. Las pequeñas hernias, el poquito azúcar, la urea como sangre: cosas concretas para ir tirando hacia abajo (o hacia arriba, según se mire).
Pero aquí las cosas son vividas de un modo natural, no de ese modo enfermizo que percibo en la gran ciudad. Aquí cada día puede ser el último o el enésimo; pero se sabe que primos hermanos, tíos abuelos, sobrinos nietos y generación tras generación acaban ahí, más abajo, al final de la calle. Y no hace falta que los cipreses señalicen el aparcamiento: aquí todos saben con una sencilla forma de vivir que nuestras ruedas acaban por desinflarse. Aquí la gloria es de la naturaleza, no del hombre. Cualquier acto puede ser sorprendente, todo se comenta y hay una historia en cada centímetro cuadrado; no se necesitan para nada los extraordinarios eventos al uso en la gran ciudad. Aquí todo puede ser extraordinario y se puede bautizar con la transcendencia del rumor. Todo menos la muerte, que es una cosa más que está ahí como los árboles, el río y la sierra.
Hay campanadas porque hay iglesia y hay iglesia porque hay creyentes; hay protectores que desde algún lugar -celestial o abstracto- le quitan hierro a la guadaña de todo a un euro (que es el morir). Si uno estuviese aquí mucho tiempo, recobraría la fe. Todo es cuestión de costumbre. Hay fiestas, hay santos, hay una virgen, un niño, un crucificado; y hay miles y miles de cervezas para comulgar como Dios manda (y Dios manda divertirse bajo las estrellas y frente a las estrellas). También hay invitados, orquesta y verbena (Barón Rojo, para ser más exactos) que acabarán por derretir las calles el 16 de agosto.
Un gran corazón late con sencillez e intensamente y en cada vaso hay un cáliz que puede ser el último. En cada Mahou hay angelitos negros y en cada rincón se puede encontrar la planta cuyo fruto conceda la inmortalidad. Muchos fuman, pero fumar es un modo de inhalar las partículas sagradas del Hacedor, porque de otro modo sería imposible digerirlo. El calor lo limpia todo, el sudor lo limpia todo, el viento lo limpia todo. La sierra observa y calla mientras enseña prosopopeyas a los animales. Todo es elemental y se hace básico, todo conserva su orden y su calma. Se espera la llegada de Jesús modestamente, con la piedad de las flores, a tono con los tiempos. Se aguarda el instante de la gran celebración, cada cual es paciente hasta la noche y el pueblo celebra la comunión de los santos entre obleas de lomo y jamón. La vida es tan sencilla como su contrario, no hay prejuicios, todo es un comentario al texto del día a día, nadie es más porque sí. Yo duermo canteado hacia el vacío, anestesiado, lene. Yo duermo entre cañas de cerveza y rock, orientado hacia un tallo de mujer ligero y sencillo como una canción de amor. Mi antigua desesperación ha recorrido los cañaverales hasta encontrar difuminadas imágenes de un hogar; y aquí está, densa y liviana, opaca al ruido del silencio, como marina, como sin calificativos, inefable y eterna -pero vital como una raíz que busca tierras familiares-. Mi desesperación arraiga y florece para dar frutos de luz nacidos en cavernas que he sufrido a mi manera. Vivo y duermo, olvido, muevo estrellas, juego y soy, asciendo, me empeño y me despeño, reconstruyo, desciendo alto, levanto miradas, ruedo y giro, respiro.
Pero todo eso es aquí, a unos trescientos kilómetros del infierno al que hay que retornar.
Podéis ir en paz.
Cañas
Los sueños que tenemos cuando dormimos no son reales, así que se puede estar tranquilo. Esa sensación de abatimiento pasa cuando se toma un café... el café... sólo café basta. Las lágrimas de San Lorenzo han llovido durante la noche, el fuego se hizo sudor y el viento nos refrigera ahora (esta corriente de viento que todo lo ventila). El merecido descanso toca a su fin para dar paso al obligado infierno. Las molestias están ahí, las atiendas o no, anunciando un otoño doloroso. Las pequeñas hernias, el poquito azúcar, la urea como sangre: cosas concretas para ir tirando hacia abajo (o hacia arriba, según se mire).
Pero aquí las cosas son vividas de un modo natural, no de ese modo enfermizo que percibo en la gran ciudad. Aquí cada día puede ser el último o el enésimo; pero se sabe que primos hermanos, tíos abuelos, sobrinos nietos y generación tras generación acaban ahí, más abajo, al final de la calle. Y no hace falta que los cipreses señalicen el aparcamiento: aquí todos saben con una sencilla forma de vivir que nuestras ruedas acaban por desinflarse. Aquí la gloria es de la naturaleza, no del hombre. Cualquier acto puede ser sorprendente, todo se comenta y hay una historia en cada centímetro cuadrado; no se necesitan para nada los extraordinarios eventos al uso en la gran ciudad. Aquí todo puede ser extraordinario y se puede bautizar con la transcendencia del rumor. Todo menos la muerte, que es una cosa más que está ahí como los árboles, el río y la sierra.
Hay campanadas porque hay iglesia y hay iglesia porque hay creyentes; hay protectores que desde algún lugar -celestial o abstracto- le quitan hierro a la guadaña de todo a un euro (que es el morir). Si uno estuviese aquí mucho tiempo, recobraría la fe. Todo es cuestión de costumbre. Hay fiestas, hay santos, hay una virgen, un niño, un crucificado; y hay miles y miles de cervezas para comulgar como Dios manda (y Dios manda divertirse bajo las estrellas y frente a las estrellas). También hay invitados, orquesta y verbena (Barón Rojo, para ser más exactos) que acabarán por derretir las calles el 16 de agosto.
Un gran corazón late con sencillez e intensamente y en cada vaso hay un cáliz que puede ser el último. En cada Mahou hay angelitos negros y en cada rincón se puede encontrar la planta cuyo fruto conceda la inmortalidad. Muchos fuman, pero fumar es un modo de inhalar las partículas sagradas del Hacedor, porque de otro modo sería imposible digerirlo. El calor lo limpia todo, el sudor lo limpia todo, el viento lo limpia todo. La sierra observa y calla mientras enseña prosopopeyas a los animales. Todo es elemental y se hace básico, todo conserva su orden y su calma. Se espera la llegada de Jesús modestamente, con la piedad de las flores, a tono con los tiempos. Se aguarda el instante de la gran celebración, cada cual es paciente hasta la noche y el pueblo celebra la comunión de los santos entre obleas de lomo y jamón. La vida es tan sencilla como su contrario, no hay prejuicios, todo es un comentario al texto del día a día, nadie es más porque sí. Yo duermo canteado hacia el vacío, anestesiado, lene. Yo duermo entre cañas de cerveza y rock, orientado hacia un tallo de mujer ligero y sencillo como una canción de amor. Mi antigua desesperación ha recorrido los cañaverales hasta encontrar difuminadas imágenes de un hogar; y aquí está, densa y liviana, opaca al ruido del silencio, como marina, como sin calificativos, inefable y eterna -pero vital como una raíz que busca tierras familiares-. Mi desesperación arraiga y florece para dar frutos de luz nacidos en cavernas que he sufrido a mi manera. Vivo y duermo, olvido, muevo estrellas, juego y soy, asciendo, me empeño y me despeño, reconstruyo, desciendo alto, levanto miradas, ruedo y giro, respiro.
Pero todo eso es aquí, a unos trescientos kilómetros del infierno al que hay que retornar.
Podéis ir en paz.
9.8.09
Corfú en Fuengirola
El Sol haciendo cosquillas y melanomas como rosquillas, la arena toallera, los niños propalando la falsa esperanza de la inmortalidad, el deseo como orín sobre las conchas, la fiesta por bandera, el alcohol por sustancia, todo comerciado a cualquier precio. A simple vista la tortura puede adoptar esa forma. Pero no todo se comercia, no todo se compra ni se vende; aún quedan desilusionados que subyacen con la más viva amargura en alguna taberna oscura, ¡pero tan llena de esa luz que sólo una taberna griega puede custodiar! Sí, quedan desilusionados que no cobran por un retsina, quedan ojos luminosos que apagan la silenciosa y multitudinaria mediocridad de un Born in de iuesei con una despectiva e irónica sonrisa, quedan lucíferos cabellos blancos capaces de recordar la historia y contarla simplemente -con la dificultosa sencillez de un origen-, quedan arrinconados rincones que lucen como signos para quienes sólo bebemos oscuridad a cada segundo que pasa -sin que la oscuridad logre emborracharnos con la divina ebriedad de los olímpicos-. Queda eso que se llama "monumento", como olvidado, como inexistente, inapreciado e inapreciable; y queda para los que hace mucho que se marcharon. La cuna de la cultura se ha olvidado; bastó que el bebé creciera para que sus descendientes la aplastaran. Ya se sabe que cada cual acaba matando lo que ama.
Corfú en Fuengirola
El Sol haciendo cosquillas y melanomas como rosquillas, la arena toallera, los niños propalando la falsa esperanza de la inmortalidad, el deseo como orín sobre las conchas, la fiesta por bandera, el alcohol por sustancia, todo comerciado a cualquier precio. A simple vista la tortura puede adoptar esa forma. Pero no todo se comercia, no todo se compra ni se vende; aún quedan desilusionados que subyacen con la más viva amargura en alguna taberna oscura, ¡pero tan llena de esa luz que sólo una taberna griega puede custodiar! Sí, quedan desilusionados que no cobran por un retsina, quedan ojos luminosos que apagan la silenciosa y multitudinaria mediocridad de un Born in de iuesei con una despectiva e irónica sonrisa, quedan lucíferos cabellos blancos capaces de recordar la historia y contarla simplemente -con la dificultosa sencillez de un origen-, quedan arrinconados rincones que lucen como signos para quienes sólo bebemos oscuridad a cada segundo que pasa -sin que la oscuridad logre emborracharnos con la divina ebriedad de los olímpicos-. Queda eso que se llama "monumento", como olvidado, como inexistente, inapreciado e inapreciable; y queda para los que hace mucho que se marcharon. La cuna de la cultura se ha olvidado; bastó que el bebé creciera para que sus descendientes la aplastaran. Ya se sabe que cada cual acaba matando lo que ama.
8.8.09
Círculos de vida
La alegría, el miedo, la tristeza, la rabia y el amor: cinco emociones que equilibrar y ponderar. Eso dicen los profetas del equilibrio.
A mí me basta sobrevivir y saber ignorar lo que impide sobrevivir dignamente ("¿qué es la dignidad?", preguntó Pilatos en el siglo XXI). La cuestión es no cuestionar (esto creo que ya lo he dicho e incluso lo he repetido). La cuestión es no dar vueltas, pero es imposible dejar de dar vueltas; aunque es posible que en cada vuelta se aprenda algo nuevo. Se aprende a amar, amando; se aprende a comprender, comprendiendo; se aprende a acariciar, acariciando; se aprende a respetar respetando -y así sucesivamente hasta olvidar decir "¡basta!"-. Así es el camino circular hacia el centro y vamos abandonando círculos hacia el interior; como si hubiésemos caído como una piedra en un lago de vida al nacer y hubiésemos proyectado círculos y círculos que vamos desandando con dolor y con conciencia hasta volver al centro de aquel chapuzón.
Hay una estela de vida que nos vive y una estela de vida que vivimos recordando. La vida nos riega con imágenes y los círculos se iluminan u oscurecen.
Es fácil crear citas, levantar castillos con palabras, hacer de sol; es fácil ser ángel y tener fe en un mensaje. Lo difícil es saber "demasiado" y aparentar felicidad e ignorancia. Hay un cuerpo deteriorado y miedos pululando ("El que se pone enfermo es porque quiere", escucho en lontananza), hay cosas que brillan y que no brillan, hay destellos. Hay círculos de vida que no hacen el vivir redondo, pero rodamos, mal que nos pese. Rodamos hacia el centro de aquel chapuzón, que es el morir.
Círculos de vida
La alegría, el miedo, la tristeza, la rabia y el amor: cinco emociones que equilibrar y ponderar. Eso dicen los profetas del equilibrio.
A mí me basta sobrevivir y saber ignorar lo que impide sobrevivir dignamente ("¿qué es la dignidad?", preguntó Pilatos en el siglo XXI). La cuestión es no cuestionar (esto creo que ya lo he dicho e incluso lo he repetido). La cuestión es no dar vueltas, pero es imposible dejar de dar vueltas; aunque es posible que en cada vuelta se aprenda algo nuevo. Se aprende a amar, amando; se aprende a comprender, comprendiendo; se aprende a acariciar, acariciando; se aprende a respetar respetando -y así sucesivamente hasta olvidar decir "¡basta!"-. Así es el camino circular hacia el centro y vamos abandonando círculos hacia el interior; como si hubiésemos caído como una piedra en un lago de vida al nacer y hubiésemos proyectado círculos y círculos que vamos desandando con dolor y con conciencia hasta volver al centro de aquel chapuzón.
Hay una estela de vida que nos vive y una estela de vida que vivimos recordando. La vida nos riega con imágenes y los círculos se iluminan u oscurecen.
Es fácil crear citas, levantar castillos con palabras, hacer de sol; es fácil ser ángel y tener fe en un mensaje. Lo difícil es saber "demasiado" y aparentar felicidad e ignorancia. Hay un cuerpo deteriorado y miedos pululando ("El que se pone enfermo es porque quiere", escucho en lontananza), hay cosas que brillan y que no brillan, hay destellos. Hay círculos de vida que no hacen el vivir redondo, pero rodamos, mal que nos pese. Rodamos hacia el centro de aquel chapuzón, que es el morir.
