Las ruedas y su olor a goma. Las casas... El timbre... Las linternas... El puente... El escenario... Me quieren ver. A pedazos me quieren ver de noche... Mi bifurcación es amplia... Nadie me quiere traicionar... No hay fenómenos naturales en este camino. Ninguna tecla es más acorde que otra, ningún registro es más requerido. Cada ciudad tiene su pecado y su desierta algarabía. No puedo entenderlo todo ni puedo entender nada.
Me divierte la simplicidad, me aburre la monotonía: por eso las alterno. Hago giros de índice y volteo las luces de la memoria. Sé que los rayos parten la tierra y que los relámpagos se quedan en el cielo. Amaretto. Respetar es de sabios y se ha de respetar el olvido.
Ocasos y una garganta sin más bebida que la sangre oliendo a humo, leyendas y derechos, tribulaciones secas. Todo se reduce a la última sílaba haciendo eco.
Las ruedas huelen a goma. Las ruedas se queman. La tarde se quema. Pero la noche está ahí. Yo quiero una noche de tormenta y una mujer desnuda en los cielos. Yo quiero la boca abierta del entusiasmo en un collage de razas hambrientas por la nada, un quebrantahuesos asado, un cadáver exquisito, un puzzle de distonías. ¡El miedo! ¡La lúgubre imposibilidad de morir! Veo a cada idea con su capuz y a cada moribundo con su lepra de acomodado.
El tiempo se ha parado. Todos me perdonan. Las vías vuelan y una flauta suena. La oscuridad se hace señor, las hojas se vuelven amarillas, el bajo dilata y contrae sus cuerdas. El fuego no crepita, es silencioso y cubre Atenas. Amaretto.
Con una aguja pincharía el globo de la vida.

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