3.10.09

No es posible tener siempre presente la muerte. Tenerla presente a cada instante inmovilizaría al que la pensase o la intuyera. Ni siquiera merece un tratado -a no ser que se ejerza el oficio de filósofo, sociólogo, antropólogo o similares-. Es como el sexo: no se puede realizar a cada instante. La obsesión por la muerte o por el sexo acaba inmovilizando. Hay que alternar los mismos temas. Siempre es lo mismo, pero repetido aleatoriamente bajo el imperio de la voluntad, del capricho o de la necesidad. Un cigarrito, una cervecita, un viajecito, un besito; un paseíto, una cabezadita, un meneíto, una tapita; una peliculita, un teatrito, una musiquita, un librito; una mujercita, un hombrecito, una vidita, un hijito; una muertecita, un descansito, una notita, un autobusito. Pequeñas cosas, grandes cosas, una misma repetición como motor. El mundo es ansí, la vida es eso y la muerte también. Se puede profundizar más, pero a ratos. Así en la muerte como en el sexo se puede profundizar más. Se puede meter más hondo el pensamiento y el sexo; pero penetrar no es sinónimo de placer ni de comodidad. Bajar al sótano o entrar en la caverna tiene consecuencias, ya se trate de un útero o de un concepto. Es posible concretar: visitar un museo, recoger un aforismo, detenerse ante un escaparate, consultar una guía; activar un dispositivo, cumplir un requisito, confeccionar un programa, implantar un sistema; diseñar una lobotomía, parametrizar alguna angustia, desafiar alguna meta, redecorar un objetivo; obturar un deseo, atorar una alcantarilla, obliterar un sello, acaparar un texto... Todo es la misma muerte y el mismo sexo: lo mismo. Hay matices, detalles, ornamentos: la decoración que hace el misterio. Sin embargo es lo mismo. Siempre es lo mismo aunque te preguntes cómo es esto.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio

Free counter and web stats