18.1.10

Nombro vaguedades.

Es difícil coordinar todos los elementos de un día. Los que son metódicos sí saben de eso. Yo (nosotros) no. ¡Hay tantas cosas que no se han hecho! ¡Hay tantas condiciones que no se han cumplido! Pero, ¡hay tantas cosas que se pueden hacer antes de morir! Aunque el tiempo sea corto. Dime, hermano, ¿te gustaría saber el día y la hora con una cierta probabilidad para poder disfrutar a fondo y con intensidad de los últimos instantes? Pues es muy fácil. Créeme, por favor, es de verdad muy fácil. Sólo has de ir al médico, pagar la cuota, prestar algo de tu sangre, conceder una imagen a las máquinas; ¡sólo eso! Si eres un ciudadano de aquí, te puedo asegurar que hay una gran probabilidad de conocer ese horizonte. Eso te permitirá disfrutar lo que quede.
Y antes de terminar, una reflexión. El otro día asistí a una representación teatral (no haré publicidad, porque en este selva la publicidad está libremente prohibida) y me llamó la atención una escena (realmente, más de una). Un joven médico anunciaba alegre y desenfadadamente el desahucio a dos pacientes; confirmaba con voz clara y firme un cáncer de pulmón y un cáncer de riñón, confinando así a dos viejecitos a la isla de Metástasis. Ese joven médico era un héroe de nuestro tiempo, un paradigma, un desintoxicado de la compasión y del encubrimiento que ésta muchas veces conlleva. Un cáncer para cada paciente, una semana de espera para el más desafortunado y quince días de esperanza para el ganador. Así, sin más. Tras el informe, el médico se retira de la sala con la oreja pegada al móvil, sonriendo porque su novia está al otro lado de las ondas. ¡Oh, la juventud! Yo me pregunté si ha cambiado la concepción de la muerte de la que hablaba Philippe Ariés en sus libros. Ya no se oculta la muerte... Tampoco se la exhibe con familiaridad... No sé, es como un dato informático, como una desconexión, como un trámite en la agenda, un "no va más" que no va a arruinar la banca. ¡En fin! Es materia para otras materias. Sólo me quedo con el hecho de que cada uno, todos y cada uno de nosotros, hermanos, tenemos al lado a alguien que, como ese médico, nos dirá muy claro, sin tapujos, diáfanamente el cáncer que llevamos dentro; sin que por ello nos sintamos ofendidos. Hace mucho que perdimos la capacidad de ofendernos y la gracia de quejarnos.
Descansen ustedes en paz (la paz de los muertos).

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