Confieso que cuando algunos confiesan sus penas (ruego se me perdone) me da la impresión de estar frente a un pajillero borracho. [¡Qué asco! ¡Escribí "pajillero"! ¿No tenía otro término? ¿No tenía otra expresión? Sí, es posible. Pude escribir: "Cuando alguien expresa su sufrimiento es egoísta e insolidario, no muere por los otros, se ensalza: carece de la dignidad de hacerse cero y dejar un hueco que en nada se diferencie de un pleno". Pero no escribí eso. No. Llamé "pajillero" a quien muestra y exhibe el sufrimiento. Es como si me sentase con las piernas cruzadas en un despampanante sillón y todo aquello que no me agradara fuese víctima de mi juicio. Pero no es así, no, no es así. Ni tengo sillón, ni tengo juicio, ni tengo piernas; conque nada se me puede objetar]. Confieso que cuando algunos confiesan no me creo que confiesen nada. Mientras cada homínido tenga su pene y su vagina no habrá pudor para poder confesar.
Pero, hablando de otra cosa: ¿sabe el mundo que estoy sin un duro? Es real, no es literatura. Lo juro. Nada: números rojos, deudas, me echan de donde vivo. [Y si es así, os preguntaréis, ¿no enfatizo más la pena? ¿No me puedo esmerar un poquito en suscitar la compasión o la ayuda? Parece que me haya puesto a teclear en estado de asepsia. Seguro que os estáis haciendo esas preguntas. Pero no puedo hacer más que esperar que me pongan de patitas en el lodo]. Estoy, resumiendo, como el resto del mundo: sin un duro, sin familia, enfermo; sin un lugar donde caerme muerto, sin ilusión, a punto de perder el trabajo. No encuentro diferencia entre Céline noches antes de morir y yo, para que os hagáis una idea.
Lo sé, lo sé, intuyo el juicio: he sido un pajillero borracho.

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