19.6.10

La última primavera

Esta ha sido la última primavera. Ya no habrá más primaveras. Finalmente no vi los almendros en flor, pero tampoco se cumplieron otras muchas cosas. Todo aquello que se va dejando acaba por no existir. Ni mi hijo ni mi hogar ni mi familia: todo eso queda en una imaginación que me abstengo de calificar. La última primavera, no obstante, ha sido liviana y no ha clavado fuerte las agujas; aunque sus disparos han sido certeros y letales. Se podría decir que no se ha ensañado y que se ha limitado a indicar lo que hay. Se puede decir que los que sabían -o podían- jugar sus cartas las han jugado. No les culpo. El ser humano -y esta es una ley universal por más que los puristas lo nieguen- aprovecha a sus semejantes en la vida y en la muerte. Dicen que del cerdo se aprovecha todo, hasta los andares. Del ser humano también aprovechan todo: basta una firma para legitimar el descuartizamiento post mortem y limpiar los remordimientos (si, cosa rara, los hubiere). Ser consciente de cómo ha sido barrido uno de la vida no añade ni quita nada. Los lamentos son sólo el fruto del resentimiento. Aquí no cantan los cisnes. Aquí no hay cisnes ni patitos feos (eso es un cuento que huele a Biblia). La vida vista desde la frontera descubre sus vísceras y es entonces cuando uno se siente orgulloso de abandonarla. Se siente uno, aun sin estarlo, fuera de la manada y de los despropósitos. Y sólo aquí, en esta página o en este fragmento de selva, puede uno manifestar la decepción y el despertar. Esta última primavera ha sido eso: un definitivo despertar que muestra que lo que se soñaba era cierto. Ahora el verano que está a punto de amanecer reventará el cuerpo y descompondrá los cadáveres.

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