3.7.10

El camino a la excelencia

Este será un escrito lúgubre, casi macabro; es decir, lleno de sentido del amor.
Imaginad a la esposa con su marido: "Amor mío, eres el hombre más excelente que he conocido". Imaginad en consecuencia que el marido ha sido sometido a la verificación impuesta por los requisitos de la ISO 900x_2010 y a la evaluación según el EFQM para 500+ en materia de ser hombre. "Un hombre excelente"... ¿No suena bien? Un hombre acreditado en la excelencia estandarizada de ser hombre, homologado como excelente en la categoría de hombre. ¿No es ese el fin más digno, la visión más alta y la misión más imposible a la que puede caminar un hombre? ¡La excelencia! ¡La excelencia en el ser hombre! ¡La excelencia certificada y ganada a pulso! No es baladí. Y, sin embargo, ¡qué poco se prodiga esta práctica de caminar hacia la excelencia como hombres! ¡Y los requisitos están ahí! ¡En ese pedazo de ISO! Ahí está la política, los objetivos, los indicadores, el modo de gestionar las incidencias, los registros que se han de barajar (elegí bien el verbo, ¡barajar!) para poder afrontar esa auditoría para certificar la excelencia que haga decir a una mujer: "Amor mío, eres el hombre más excelente que he conocido".
Yo he sido también un hombre excelente. Soy el único acreditado como "Underground's Master of Excellence". El otro hombre excelente es el Master of Puppets. Entre los dos dominamos las alcantarillas y las gestionamos de modo excelente.
Mientras, allá arriba, en la tercera planta del edificio Dante, en la sala Beatriz los excelentes del concepto manejan el mismo lenguaje que nosotros, pero diseccionándolo a cada momento. Son los académicos olímpicos, los que visten Dolce & Gabanna o Tommy Hilfiger sobre sus pelotas para pronunciar un discurso sobre el sintagma nominal paradigmático dentro de la fonología paremática de los marcadores de posición reflexiva. La tela de marca propicia el brotar seminal de los conceptos. Es cuestión de saber embaucar excelentemente.
Pero me detengo aquí. Hay un vino de Don Simón que me espera en la taberna y que, según los doctores, no agravará la diabetes ni la cirrosis. Yo me muevo en la excelencia del bajo precio, del bajo coste, de la gran inversión en despropósitos. Yo también barajo las palabras. Pero necesito un vino bien malo.
El bueno vino está en otra parte, en otro lugar que tiene blindadas sus puertas a los extranjeros, en otra comunidad. Pero esa es otra historia... ¡Una historia excelente, por cierto!

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