1.8.10

Cuando la impotencia o el desencanto o la desilusión o el vacío o la noluntad caen lapidarias sobre mis hombros, pienso en el ser humano. Es entonces cuando recojo las palabras de Ovidio y las lanzo como semillas sobre los mediocres ciudadanos de este mundo. Va por todos aquéllos que han hecho brotar la impotencia, el desencanto, la desilusión, el vacío y la noluntad. Para todos y cada uno de ellos. Con infinito amor:

Que la tierra te niegue sus frutos, el río su corriente, el viento y la brisa te nieguen sus soplos. Y que el sol no brille para ti ni Febe ilumine, los brillantes astros falten a tus ojos. Que no se te ofrezca fuego ni aire, y no te hagan camino ni la tierra ni el mar. Que, desterrado y pobre, andes errante y vayas de puerta en puerta, y con boca temblorosa pidas un poco de comida. Que ni tu cuerpo ni tu mente, enfermos, estén libres de quejoso dolor, que la noche te sea más pesada que el día, y el día que la noche. Que siempre seas desgraciado, sin que a nadie le duela tu desgracia: que mujeres y hombres se regocijen de tus infortunios. Que el odio se sume a tus lágrimas, y que se te crea digno, a ti que sufres muchos males, de que sufras muchos más. Y que la visión de tu desgracia, despojada –cosa rara- de la compasión que suele despertar, sea motivo de repulsa hacia ti. Que no te falte una razón, pero que te falte la posibilidad de morir: que la ansiada muerte huya de tu vida forzosa, y que la respiración, tras larga lucha, abandone tus miembros martirizados, pero que antes te torture en larga demora.

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