Cosas sueltas.
Comida de empresa: una oportunidad de ver las mismas jetas, el mismo absurdo, la farsa; todo aquello que el doctor Destouches pintó en sus obras. Risas, halagos, las bromas de siempre, las carcajadas de siempre. ¿Lo peor? No estar inundado de alcohol para no ser consciente de que la hez de la naturaleza sigue fertilizando sus campos: la hez del hombre.
Las compras: el belén, unas figuras de barro, como de barro son nuestras figuras; los alimentos, distintos, exóticos, para una celebración similar a la que desearíamos cuando nos incineren; los paseos por las luces de la ciudad, para terminar después en los sótanos flanqueados de vergas del metro.
Las tarjetas de Vanidad: "os deseo un blablablá y un próspero y feliz blablablá por los siglos de los siglos".
Los niños, muchos niños, siempre niños: engañados, torturados por la ilusión de los progenitores, gritando y chillando como un juguete al que pronto devolverán los padres al depósito de residuos de la escuela.
Los embutidos que hablan: nunca me abandonará esta imagen de Céline. La guardé en mi cabeza desde muy joven y siempre me pareció un luminoso disparo en medio de la razón. Los embutidos parlantes, la infancia en progreso hacia la madurez en el asesinato de las emociones. Según comentan, se aprecia un ascenso de la producción de embutidos parlantes. Lo cual, bien mirado, dará trabajo a esos borrachos drogados vestidos de rojo y con barba blanca, por un lado; y a los que se creen reyes por una noche por el hecho de no haber utilizado preservativo una noche loca (dos o tres noches, si se trata de más embutidos).
Escribo todo esto con dos guantes de látex.
Hay más, muchos más personajes: Kitty, Mickey, Goofy, "Nadayó"... un montón de inmigrantes que se enfundan los disfraces de la fantasía más baja para poder comer algo estos días y para poder llevar algo a casa -siempre que el cejudo Satán no saque un decreto desde su gótico e inmundo palacio para empeorar las cosas-.
¡Y Cortylandia! El Opus, el dólar y la lascivia de los "siempregano" cantando el grimorio de Belcebú: "Cortylandia, Cortylandia, vamos todos a comprar. El que no compre en estas fiestas, morirá en Vanidad. Cortylandia, Cortylandia..."
Y los belenes, cada cual con más figuras, miles de millones de figuras. Al parecer, cuando Dios nació, todos estaban allí. ¡La humanidad entera en Belén, si nos hacemos caso de las figuras! Pastores, panaderos, pescadores, agricultores; traficantes, borregos, cerdos, cagadores; hilanderas, angelitos negros (sin Machín), serpientes, patos, pollos; herreros, soldados, cuestores, muchos judíos. Ya se ha llegado a la excelencia entre los belenistas: algunos, puros artistas puros, ponen al fondo, muy al fondo, un monte con forma de calavera y tres cruces con palillos. ¡Eso es anticipación metafórica". Y, por supuesto, reyes, muchos reyes. ¡A cual más rico! Y el periodista de turno con la verga del micrófono contra los que visitan los puestos: "¿Y usted a qué rey prefiere? ¿Cuál es su favorito? Por favor, díganoslo, que le está viendo toda la Vía Láctea para España Directo". "Pues mi favorito es el póker de reyes, si me permite ganar la partida y después celebrarlo con esos pivones que pasan por la plaza. ¡Ay, Dios, qué pivones! ¿No me estará viendo mi mujer, verdad? Jié, jié, jié, jié".
¡Ay, Vanidad! ¡Cuántos vivos y qué pocos muertos!
Siempre nos quedará La Noria para imaginar que ahí, en esos estudios, Hiroshima podría renacer algún día en su esplendor. Sugerencia: funden un bar que se llame "Hiroshima Vanitas", cuya especialidad sea la comida norteamericana. Podrían publicitarlo con alusiones: "Acabe con su hambre como Norteamérica acabó con la segunda guerra mundial: demostrando que ella sí, sí, ella sí, ella sí podía hacer lo que el enanito no pudo y lo demostró y lo sigue demostrando y lo demostrará hasta el fin de los siglos. Aunque se necesite a Lady Gaga para ello".
Eran cosas sueltas.
Extraído de: "Partida hacia el infierno de la tiranía", Vol. I, de Eugenio Velanio Fulgis.

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