14.1.11

Cartas desde la cárcel. Previo.

A vosotros, a los que recordáis:


En efecto: intolerancia, engaño y traición. Lo que no sabíais es hasta el punto en que todo eso llegaría y el punto al que se puede llegar. No obstante, nada nos admiraba ya. Efectivamente, vamos de un infierno al otro, de un castillo a otro. Ahora estamos aquí, condenados a muerte. Pero, ¿qué hilos mover? Está uno esclavo en una tierra extraña y sin posibilidad de retorno. Sé que siempre hay alguien dispuesto a ayudar, pero ahora es cuando todo lo que se mueve alrededor conspira y aprovecha la debilidad. Me quejaba de vicio cuando hablaba de mi soledad... ¡Ahora sí hay una genuina y auténtica soledad! Ahora sí se ha quedado atrás la ciudad, el trabajo y la saludable muerte. Ahora esto, de un mes para acá, es el canto del cuervo en el desierto. El dolor no es que sea insoportable, pero comprendes a dónde vas a llegar. Veo las risas de los otros, los murmullos... Lo he escrito varias veces: los buitres estaban con la servilleta al cuello y con el cuchillo y el tenedor preparados. Eso siempre lo he sabido y me quejaba al imaginarlo o al considerarlo totalmente cierto en mi pensamiento. Ahora ya están devorando de lo lindo en la realidad. No se trata ya de individuos concretos (todos son iguales); se trata de lo que aleatoriamente me ha tocado. Reconozco que el espíritu de la ciudad del que Kavafis hablaba es muy importante. Pero más esencial aún es la soledad del viejo Friedrich. ¿Qué hacer? ¿Qué puedo esperar? ¿Cómo puede evolucionar todo? Sin duda estoy al final de la escapada y nada se puede hacer ni esperar. No queda más evolución que la del tiempo. Los sucesos concretos, aunque futuros, no serán muy originales. Jamás he apelado a la buena voluntad ni a la buena conciencia de los otros -ni siquiera a la mala conciencia-. Luego, por otro lado, en otra parte está lo imprevisible, las cartas desde la cárcel.

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