Muchas cosas están escritas, pero muy pocas leídas. Es momento de desenterrar momias de color rosa y serpientes de papel pinocho.
Lo sabéis muy bien: no me gusta ser explícito. La alusión es mucho más perfecta, porque sabe eludir lo negativo y deja en el muro la mancha con todo su escarnio. ¡Bien!
Cuentan y dicen que hay un mundo de escarabajos peloteros similar a una fábula de oseznos. Y cuentan también que esa historia se ha mezclado con las más pavorosas narraciones de terror. Después han mezclado todo y el licor de ese cóctel me lo están haciendo tragar para matarme lentamente. Pero con ello olvidan, olvidan y vuelven a olvidar. Necesitan olvidar lo que se es, para que la tierra les acepte. Pero yo no puedo ni perdonar (no creo en el perdón ni en la culpa) ni olvidar. Por otro lado, las sanciones no existen. Si existieran las sanciones comme il faut creería en el infierno ultramundano; pero mal que nos pese sólo tenemos este infierno. Y puestos en esto hay que saber pactar con el diablo y con las princesas que están a su lado satisfaciendo su lujuria. Por mi parte nada que objetar, si se trata de un diablo humano, demasiado humano. Es decir, me lo están haciendo pasar mal, se ríen por ello y soy la diana de dardos envenenados. Ridículo, ¿verdad? Pero yo me lo he buscado. Ahora es cuestión de convertir el parque en una selvática casa de putas (más que nada, porque uno ha de aplicar su experiencia a todos los ámbitos existentes o imaginados). Pero todo, como me dijo la vieja Sísifo, con respeto, confianza y cariño. Esas tres palabras han de figurar hasta en el más tosco veneno: "respeto", "confianza" y "cariño". Aunque ni te respeten, ni confíen en ti y lo que jamás hayan sentido, ni sientan, ni vayan a sentir sea cariño. Pero usamos ese barniz para los puñales. Conmigo lo usaron una vez y ahora lo usan hasta la saciedad. ¿Sé usarlo yo? Si no supiese y si no lo usase no habría tenido al gran maestro de la torre como asesor espiritual. Es hora de ponerse los calzoncillos por fuera, hacer reír, amoldarse, adaptarse y fraguar el dolor lento y extenso contra todo y contra todos. De otra manera, sus risas me reventarían los tímpanos.

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