Aquí hay un gasto superfluo en engendrar y en enterrar lo que se engendra. El cáncer es legión; todo es un solo cáncer y miles de orificios lo alimentan. Pero la vida es sencilla y natural: todos mueren y todos saben que van a morir, ¡no lo ocultan lo más mínimo! El cáncer estará en todos y cada uno de los cuerpos que componen la comunión de la carne. Todos participamos de la comunión del cáncer. Nadie escapa, nadie teme, nadie se oculta. Hombre, mujer o niño: todos tocan piel con piel la desproporcionada lengua de esa natural monstruosidad. El único enigma, si se lo puede llamar así, es dónde; porque el cuándo no alberga ninguna duda: abarca el breve aliento que va de la oscuridad de la vagina que nos escupió a la oscuridad final de la noche. Es desproporcionado propinar tantos empellones al útero para sacar de él un filamento ridículo que será sembrado de células hambrientas. Es bochornoso tanto afán por un puñado de ganglios que reproducen la muerte.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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