La vida sigue, pero no igual. Todo está más destartalado por dentro... con gusanitos y todo. Hay hormiguitas, arrugas, pecados: la desidia como antesala de la muerte. Aún pongo la calefacción para que no parezca el final. A veces escribo, cuando la enfermedad me lo permite (es decir, cuando estoy enfermo escribo). Ya no puedo hacer los guiños que hacía antes. En este retroceso que estoy viviendo, estoy retornando a la infancia que fui. Y van quedando atrás muchas cosas, muchas armas. La defensa, llegado este momento, no tiene sentido. Las líneas parecen ladrillos. En Madrid todo era futuro, aquí todo es pasado. Allí se moría y te dabas cuenta de ello entre fabada y fabada; aquí se muere "de verdad", la muerte de carne y hueso. Pero no es cuestión del lugar y no estoy relatando algo negativo ni pesimista. Estoy retornando a emociones infantiles, aunque queden ramalazos de la sempiterna misantropía. Jugar no vale de nada. Apenas quedan alegrías para la misantropía. El extravío, como veis, es el mismo; pero no es igual. La vida sigue, pero no igual. Dejemos hacer a los sedantes, ellos saben bien cuánta impotencia necesita el hombre para arrancarse los brazos. Buenas tardes.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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