¡Me encanta el agua! La consumo más que el alcohol. Tengo sed muy a menudo y necesito por ello tener muchos floreros al lado. También me gustan los crucifijos y las vírgenes. Me recuerdan que, de existir lo que representan, me aguardan millones de eternidades para sufrir... ¡y eso me hace sentir vivo en toda mi acritud! Además, combino el vino de los crucifijos con el agua: hacen una sangre especial. También bebo el caldo de las alcachofas y la sangre liofilizada de batracios y roedores: ¡también me hacen sentir vivo en toda mi acritud!... ¿Sabéis? La fiebre me da sed. ¡Mucha sed! ¡Más sed de la que podéis tener en estos precisos instantes! (Mirad el reloj, por favor, mirad).
Hay una cubertería para ricos y otra cubertería para pobres. La de ricos es la que no se utiliza, la de pobres es la que se usa. Conclusión: donde hay dos cuberterías así, no hay ricos. Los ricos no entienden de pobrezas. Y luego está, ¡por supuesto!, la cucharita y el platito del tonto que no sabe cómo se come; la cucharita y el platito de los condenados tontos que no saben de la seria y formal educación de los listísimos inmortales que convivir saben. Hay una cuchara de Ikea o de "Chinos Market" para los que no aprendieron etiqueta en colegios donde se pudrían los afectos. (Mirad el reloj, por favor, mirad).
La perfección está en el círculo de una pizza familiar. Y, ¡claro está!, lo familiar siempre estará alejado de una pizza. "Pizza" y "familia" son términos antitéticos, se podría elaborar todo un ensayo sobre esta cuestión. La filosofía es eso: indagar los fundamentos desde cosas tan superficiales y "raras" como la afirmación de que donde hay una pizza, no hay familia. Os aseguro y juro por todos los relojes del mundo que he pensado mucho delante de las pizzas. La pizza es compromiso, urgencia, sabor de "el mundo al alcance de todos los que no pueden alcanzar el mundo", desgarro, compromiso sin corazón, cansancio; enfermedad, asunción, tristeza de días sin horizonte, estrechez fúnebre. Pero lo dejo ahí, porque no sé si estáis mirando el reloj en este preciso instante.
Ya llega la Semana Santa. ¡Por fin un respiro! ¡Unos días para ser un poquito más felices! ¡Unos días para estar un poquito más tranquilos! Una pregunta. Si por un casual os reservaran estos días para haceros un poquito más tristes, para poneros un poquito más paranoicos, para hundiros más en la grisura y en el apagamiento de los días, ¿cómo llamaríais al que os hiciera esto? Responded. Tenéis tiempo (pero no descuidéis el reloj, por favor).
Dentro de una hora, si estoy vivo, pediré dos pizzas familiares (de doce y de dieciséis quesos respectivamente). Y de postre, ¡una pizza de fresas! ¡Detesto las fresas! Pero la pizza -¡milagro!- hace que sí me gusten. También tomaré, si me quedan ganas, un helado de gazpacho. Para hacer la digestión me iré a la plaza que llaman "del infierno" a ver pasar piernas enlutadas y prótesis de circonio. Es posible que me encuentre a Félix de Montemar y a la luna ensartados. Me gusta soñar mientras pasean las manecillas de ese reloj que tenéis que mirar.
Y no... no dejéis de mirar el reloj... (al menos así, mientras os fijáis en esa pequeña cosa, no estallaréis de rabia). El reloj os mide. Cuanto más mide el reloj de un hombre, más hombre es uno. Esa es la medida de la hombría. Hay un reloj en cada compromiso. El reloj del bautizo, el reloj de la comunión, el reloj de la boda, el reloj de la separación; el reloj del entierro, el reloj de la resurrección... ¡Muchos relojes para comprometer el tiempo! Es posible que este domingo de ramos también exista un reloj de ramos (el primer domingo -y quizás el último- que paso fuera de la tierra que me vio nacer). Y también hay un reloj para la tumba... ¡Mi predilecto! ¡Adoro los relojes que van a parar a la tumba! ¡Qué escarnio! ¡Qué burla! ¡Pero qué tremenda lección para la presunción y el orgullo del que se larga al polvo! Y no importa la edad que tenga... ¡Relojes! ¡Relojes como tumbas!... (No me digas que has dejado de mirar el reloj, porque sería para matarte).
Llega el reloj de la noche. Y la pizza de pollo, atún y bacon. Bajo el número de teléfono hay una leyenda: "Vuestros hijos también la morirán". ¡Ah, consuelos, consuelos! Mientras, ¡solo! ¿Y? Hay que saber vivir y estar solo. La soledad no es mala, si puedes ver cómo mueren los demás a tu alrededor. ¡Y mueren! ¡Ya lo creo que mueren! ¡Ahora bien... cuidado... hay que ser políticamente correcto y lamentar las pérdidas! Pero, ¿luego? ¡Correrse de gusto! (Y tú mira el reloj, en lugar de acusarme de procaz y de vete tú a saber de qué cosas más).
Yo tenía proyectos (con y sin reloj), esperanzas, ríos que navegar aunque no fueran navegables... Los que me conocían decían que daba gusto, ¡que cómo prometía!, ¡y qué inteligencia!, ¡qué brillo tan sutil!... No me conocían. Quien verdaderamente me ha conocido sabe que soy el que tiene que comprar una cuchara, un sofá, pagar lo comido y lo bebido y, ¡ojo, que esto sí que es importante!: reconocer cada noche ante su conciencia la frondosa mierda que es. Sí, quien verdaderamente me ha conocido ha sabido regalarme los oídos y practicar bien el afecto (y la huida hacia adelante con mi cadáver por detrás). Mirad el reloj (y no confundáis su tic tac con el de una bomba). Es fácil conocer a los demás e ignorar la bestia que se acarrea desde el principio y para siempre.
Me han quitado la alegría y los parques en los que poder lucirla. Me han quitado la risa (y eso es libertad), me han quitado todo aquello que podía tirar las barreras que impiden vivir a la gente. Me han quitado la ironía, la frescura, el vuelo de las alas que sólo saben sonreír. Han dado una escoba a una paloma y la han puesto a barrer urinarios. Además, han encharcado de culpa las plumas y han alquitranado de reproches al águila; han convertido al ave en un cordero llevado al matadero. ¿Un cordero pascual? ¡No! Un cordero para los compromisos de todo a un euro. ¡Y encima han hecho que se ponga un reloj para que cuente las horas!
Sigo esperando, conectado, enarenado por el tiempo, sin posibilidad de que la nieve redima nada (porque no hay nieve). Yo sé que hay relojes de arena que exclusivamente miden... (¿sabéis qué?)... (¡sí!)... lo que tarda en llegar una pizza y en morir una familia. Podéis tildarme de loco por mi acentuada deriva, ¡pero me da igual! Vosotros sólo sabéis mirar el reloj... sólo podéis mirar el reloj. Tenéis voluntad de reloj, voluntad de reloj - reloj. ¡Vaya si os conozco!
Pienso en mi amada. Seguramente estará encargando un ciprés de plástico tamaño bonsai para dedicármelo el día 2 de noviembre (¡siempre y cuando haya comprado un sofá y una cuchara! Si no, no hay plegaria). Hay cosas más eternas que un puto reloj.
Soy odre, soy aire, soy tierra; pero mi culo huele a jazmín y soy pobre. Conclusión: la felicidad no existe, pero la muerte se le parece bastante. Tic tac, tic tac, tic tac...
(Guiño o alarma de despertador: quiero creer que un ángel angelical contrarrestará a los ángeles infernales).