Nos movemos entre cadáveres, nos alimentamos de cadáveres y vamos para cadáveres. Eso no escapa a nadie. No es una visión negativa ni pesimista, más bien es aséptica. Todo está enfermo y, más aún, todo es enfermedad. Al final llega el fin (eso es palmario). Mientras, la vida sigue con sus tonos, sus ritmos y sus colores: la gama de grises a veces es tan amplia como estemos dispuestos a aceptar. Cuestión de resignación o cuestión de lo que la química dictamine. Y todo se seca. La vida mancha. Se repiten los discursos. Puede que nada sea suficiente y que los inconformistas tengan (o tengamos) las horas contadas... ¡Quien dice horas dice tiempos más largos!... O instantes más eternos. Es cuestión de vivir. Es cuestión de saber que se muere y de morir viviendo. Todo palabras y todo a un euro. Uno se queda mirando ante la ventana: esta ventana o cualquier otra ventana. ¿Qué más da? El caso es mirar y escuchar, poder señalar, disparar rayos de luz y de vida con el aliento o con los gestos. Se trata de mostrar el desprecio y la envidia con alardes de moribundo que piensa que nunca ha de morir. No pienso en ti especialmente... ni en ti... ni en vosotros... ¡ni en mí, por supuesto! Sólo señalo. Divago.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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