El mundo está lleno de reyes y reinas; quien ciega tus ojos, roba tus sueños. Así es la balada de la muerte. Y yo, ¿qué quieres que te cuente? El polvo se mezcla con el sol y el sudor huele a barro. A veces me pregunto cómo será ese instante y si me daré cuenta, ya sabes, el instante en que los pulmones dejan de respirar y el corazón se para. Seguramente me puedo permitir el siniestro lujo de tener tiempo para pensar en eso. Si me preocupase más por las cosas de este mundo, no divagaría tanto entre las sombras. ¡Cuántas putadas! ¡Cuántos desengaños! ¡Cuánta repetición! Creo que los callos de mi alma son "a la madrileña" por el mero hecho de que nací en Madrid un día y por el palmario hecho de que un día nací. (Sonrío). No hay ninguna máquina perfecta -me refiero al hombre-; y tampoco creo que alguien tenga la idea de perfección en su cabeza como para poder juzgar. ¿Verdad? ¡Cuánta tontería! Me meto en tantos agujeros de gusano que corro el riesgo de que me tachen de bipolar o de algo peor. Pero, ciertamente, a los que van a morir poco les importa el juicioso saludo de los otros. Si tuviese a Nietzsche a mi lado le diría si le apetece tomar un Ribera antes de comer en solitario. Pero Nietzsche, como Dios, está muerto. Y yo también soy un solitario (sobre si "de grado" o no, esa es otra cuestión). ¡Ay! La vejez y la melancolía van de la mano. También los ángeles han muerto.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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