14.5.11

La rata durmiente

Mi blog, ya lo he dicho muchas veces, no es literatura. Lo que aquí escribo es lo que realmente pienso y siento. Hay pocos momentos felices y mucha amargura. Nadie puede evitar eso, ¡al contrario!, hay gente que se solaza haciendo daño a los demás; pero esto no extraña a nadie. Pienso que, llegado un momento, todo depende de los instintos: se puede uno hundir y refugiarse en cualquier subterfugio químico, puede uno acabar con la vida de quienes le dañan, puede uno (en las menos de las ocasiones) permanecer sereno y aguardar que el río atraviese recodos más tranquilos. Pero uno no puede dilucidar qué acabará sucediendo. Tal vez es esa duda la que hace que uno tenga miedo. Uno nunca cree que vaya a tropezar de nuevo en la misma piedra ni que vaya a venir alguien que haga agradable las torturas de antaño; pero sucede, sucede siempre. A mí me ha sucedido (y tal vez a ti también). Es triste reconocer que las presentes (si las hubiere) y las futuras penas que otros seres humanos determinados vayan a padecer son la única alegría que te sustenta. Y esto no es ser mala persona, es ser justo o intentarlo. Participo de esa afirmación labrada en la Biblia: generaciones futuras de inocentes han de pagar por los pecados del padre. Es una ley natural que no ha dejado de cumplirse desde que el mundo es mundo. Otra cosa es que la verdad pueda expresarse impunemente. Y otra cosa es que la opinión de la masa sea algo que conlleve punición. Hay que encallecer los oídos para desentumecer el alma y la razón. Estoy aquí, sentado en una terraza, repleto de una ira justificada y santa, incrustando palabras. La tierra es de los simples, pero el hombre es mortal (justo equilibrio). Leo las cuatro palabras "La Selva de Próspero" y pienso que mi constancia y mi ser están ahí: eso es orgullo y permanece irrenunciable. Lo que digan los demás es palabra de otros. Los caracoles, las babosas y muchos hombres están constituidos de la misma naturaleza. Me duele servir a la fuerza de una costumbre tan anodina y tan falsa. Creo estar seguro de que hacen falta muchas más guerras y mucho más dolor para que la sensatez cuaje un poco. Aunque también entiendo la rabia de casi toda madre por su criatura amenazada; pero no hay madre que sobreviva a la madre naturaleza que todo lo devora.



En fin. Que se muere poco y demasiado dulcemente.

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