La Selva de Próspero
Sapere aude!
27.7.11
¿Por qué me has abandonado, soledad? Yo era fuerte y feliz a tu lado, lejos de la maldad de los hombres. ¿Qué ha pasado? Lejos de ti he llegado a lo más bajo y he conocido el más podrido de los infiernos. ¿Por qué, soledad? A tu lado vivía de migajas de vida, lejos de ti me atiborran de masa y muero de hambre. Vuelve a mí; que los hombres vuelvan a ser lo que eran: una nebulosa enfermiza y venenosa de la que sólo es posible vivir alejado. No me vuelvas a abandonar, soledad; y da de beber a tu siervo. Quédate a mi lado y permíteme no olvidar para que mi palabra te cante y poder así escribir la necedad del hombre.
He navegado por la red y he visto a las mejores gentes de mi generación...
Lo que he visto justifica que primero volemos La Luna y Marte, para que cuando este planeta se incendie nadie tenga escapatoria. Lo que he visto justifica que cualquier invento y cualquier descubrimiento que pudiera acercarnos a la inmortalidad sea borrado a cualquier precio. Lo que he visto es aquello que ya conocía por mis lecturas o por otros medios, pero la visión en la red justifica el cero absoluto de humanidad. Lo que he visto me conduce al sueño de los justos en el que las cenizas embriagan el aliento y el polvo hace respirar. Lo que he visto me hace oler y palpar las páginas en blanco de los cuadernos en blanco, el puro blanco de la pureza que queda cuando el hombre ya no es ni recuerdo. He navegado por la red y he visto a toda mi generación decapitada, ulcerada, cubierta de heces y pestilencia... y he llorado con el placer de los que no han nacido ni nacerán. He navegado y la certeza de que nadie sobrevivirá a la legión de pestes que existen y que se avecinan me ha consolado. Y este whisky que se derrama por el teclado y gotea en el suelo es como la sangre de los ajusticiados, la sangre de todos, la sangre de una generación que ha de sentir cómo se calcina todo lo que ama, porque todo lo que se ama es digno de morir y ha de morir y muere. He visto a las mejores mentes de mi generación raptar a los recién nacidos y triturarlos en bañeras de oro para alcanzar la vida eterna. He visto a los mejores, a los elevados, a los altos erguir la cabeza para mostrar un cuello cercenado de úlceras, por el que penetraban las ratas de todos los criaderos del mundo, y cada rata tenía un símbolo y una religión y una ideología para vomitar heces en las raíces de cada tráquea. Lo que he visto segregaba el placer de morir, y no hacía falta la palabra muerte, ni el tacto de la muerte, ni el olor de la muerte, ni el sonido de la muerte... realmente lo que he visto tampoco necesitaba la visión de la muerte: la alegría convulsionaba el corazón y esa alegría era adoración por la muerte. Y cada gusano que hacía un hogar de enfermedad en cada intestino sonreía ante mí; y cada avispa que claveteaba sin cesar cada retina sonreía ante mí; y cada serpiente que ahorcaba y partía el cuello de cada mente me sonreía. Y los murciélagos rebañaban la pelvis de cada jerarca; y los cerdos hocicaban en el negro vientre de cada juez; y los miriápodos hurgaban con sus venenosas uñas en el negro agujero de cada útero y en el infecto pasadizo de cada uretra. Se trataba de las mejores gentes de mi generación aullando su exterminio aquí en la red. Y amo la red por ello: porque justifica que nadie ha de seguir viviendo, porque invalida las excepciones, porque manifiesta la certeza sin necesidad de ningún argumento. Y las mejores gentes de mi generación gorgotean en el estrecho conducto de la muerte. Son las mejores gentes y mentes de mi generación las que han convertido al vampiro y a la cobra en hechiceros del miedo, son esas gentes y mentes las que han hecho de cada virus y de cada tormenta una plaga que se refugió en el miedo; sí, han sido esas mentes las que han ensalzado y anatemizado el óvulo y el esperma, las que lo han cultivado en mamparas de falsa gloria. Han sido las grandes mentes de esta generación las que han idolatrado la perpetuidad de la vida en detrimento de la vida; y una miriamétrica ola de lodo y cemento condenará las fosas por las que respiran las mejores gentes de mi generación.
Lo que he visto justifica que primero volemos La Luna y Marte, para que cuando este planeta se incendie nadie tenga escapatoria. Lo que he visto justifica que cualquier invento y cualquier descubrimiento que pudiera acercarnos a la inmortalidad sea borrado a cualquier precio. Lo que he visto es aquello que ya conocía por mis lecturas o por otros medios, pero la visión en la red justifica el cero absoluto de humanidad. Lo que he visto me conduce al sueño de los justos en el que las cenizas embriagan el aliento y el polvo hace respirar. Lo que he visto me hace oler y palpar las páginas en blanco de los cuadernos en blanco, el puro blanco de la pureza que queda cuando el hombre ya no es ni recuerdo. He navegado por la red y he visto a toda mi generación decapitada, ulcerada, cubierta de heces y pestilencia... y he llorado con el placer de los que no han nacido ni nacerán. He navegado y la certeza de que nadie sobrevivirá a la legión de pestes que existen y que se avecinan me ha consolado. Y este whisky que se derrama por el teclado y gotea en el suelo es como la sangre de los ajusticiados, la sangre de todos, la sangre de una generación que ha de sentir cómo se calcina todo lo que ama, porque todo lo que se ama es digno de morir y ha de morir y muere. He visto a las mejores mentes de mi generación raptar a los recién nacidos y triturarlos en bañeras de oro para alcanzar la vida eterna. He visto a los mejores, a los elevados, a los altos erguir la cabeza para mostrar un cuello cercenado de úlceras, por el que penetraban las ratas de todos los criaderos del mundo, y cada rata tenía un símbolo y una religión y una ideología para vomitar heces en las raíces de cada tráquea. Lo que he visto segregaba el placer de morir, y no hacía falta la palabra muerte, ni el tacto de la muerte, ni el olor de la muerte, ni el sonido de la muerte... realmente lo que he visto tampoco necesitaba la visión de la muerte: la alegría convulsionaba el corazón y esa alegría era adoración por la muerte. Y cada gusano que hacía un hogar de enfermedad en cada intestino sonreía ante mí; y cada avispa que claveteaba sin cesar cada retina sonreía ante mí; y cada serpiente que ahorcaba y partía el cuello de cada mente me sonreía. Y los murciélagos rebañaban la pelvis de cada jerarca; y los cerdos hocicaban en el negro vientre de cada juez; y los miriápodos hurgaban con sus venenosas uñas en el negro agujero de cada útero y en el infecto pasadizo de cada uretra. Se trataba de las mejores gentes de mi generación aullando su exterminio aquí en la red. Y amo la red por ello: porque justifica que nadie ha de seguir viviendo, porque invalida las excepciones, porque manifiesta la certeza sin necesidad de ningún argumento. Y las mejores gentes de mi generación gorgotean en el estrecho conducto de la muerte. Son las mejores gentes y mentes de mi generación las que han convertido al vampiro y a la cobra en hechiceros del miedo, son esas gentes y mentes las que han hecho de cada virus y de cada tormenta una plaga que se refugió en el miedo; sí, han sido esas mentes las que han ensalzado y anatemizado el óvulo y el esperma, las que lo han cultivado en mamparas de falsa gloria. Han sido las grandes mentes de esta generación las que han idolatrado la perpetuidad de la vida en detrimento de la vida; y una miriamétrica ola de lodo y cemento condenará las fosas por las que respiran las mejores gentes de mi generación.
26.7.11
Si te acusan de "infidelidad", que te demuestren cuándo. Igual resulta que no has tenido ni un jodido segundo para algo más que dedicarte al otro cargando la vida. (Hierve la sangre).
El hombre acude al ángel cuando está desahogado y es capaz de "rezar". Pero es el ángel el que debe aparecerse al hombre cuando ve que éste está en las últimas.
Catarsis "Incipit Tragoedia".
En la Plaza del Ayuntamiento de una luminosa ciudad española recibí hace un par de días la enésima (y última) amenaza de una persona. Os doy un consejo: cuando os amenacen, que cumplan la amenaza y, ante todo, ¡recordad! Jamás hubo enemigo pequeño y las personas más débiles y solitarias siempre tuvieron en su mano armas poderosas. Precisamente por ello, porque la soledad y la debilidad inspiran el miedo y la angustia y ambas llevan a la crueldad. Es una relación causa efecto. No admitáis las amenazas, aunque muráis por ello. No necesitáis ejercicios de autoafirmación ni de autoestima para afianzar la confianza en que podéis devolver el daño que os hagan. Si constantemente, día tras día, os ordenan y os imponen amenazas tenéis que ser libres. Yo hasta ahora dudaba y la duda me hizo esclavo y objeto (objeto, no sujeto) de burla. Pero las risas ajenas acaban extinguiéndose y el más amenazado transforma las amenazas en el crisol de la supervivencia. Si estáis ciertos, seguros, con evidencias; si podeís aportar pruebas ante Dios y el señor de que os han estado asfixiando, todo es lícito. Lo que sobrevenga después da igual, siempre quedará el recuerdo de que nos rebelamos contra años de burla y desprecio. De lo contrario, más os valdría suicidaros y desaparecer (pero tened en cuenta que quien ha estado amenazando desea vuestro suicidio y que se ha reído de muchos suicidios ajenos).
25.7.11
Como decía Jean Paul Belmondo en su película "El Profesional":
"Señoras y señores periodistas, si en el tramo que va de este primer piso a la calle caigo muerto, he de decirles que gozo de perfecta salud". No sé por qué (guiño), me he acordado de esa escena. Por si los ángeles.
"Señoras y señores periodistas, si en el tramo que va de este primer piso a la calle caigo muerto, he de decirles que gozo de perfecta salud". No sé por qué (guiño), me he acordado de esa escena. Por si los ángeles.
EV49
A los que perderán la inocencia un día bajo el golpe de la verdad, ¡venid!
A los labios que acabarán siendo morritos de sinalefa, ¡venid!
A los que tantearán el suelo por sus errores y no por la protección de sus padres, ¡venid!
A las campesinas que se encomendaron a la prominencia del diablo, ¡venid!
A la débil imitación del estilo y de la riqueza, que sólo heredará miseria y sudor, ¡ven!
A la rastrera inocencia que elevará con su coño un imperio, ¡ven!
Al gemido dulce que no será más que un dulce veneno para el hombre, ¡ven!
A ti que has sido engañada y engañado desde que te expulsaron por la más indigna y culpabilizada de las zonas, ¡ven! (Risas).
A ti, que cuanto más te "educaron" y te limitaron, más me adoraste y me temiste, ¡ven!
Yo siempre vengo después de los arrullos y las mentiras de cuna, amor; pero aun así te acepto, ¡ven!
Y cuando un "maestro" crea tener el poder de adocenar y "docentar" tu agreste alma, ¡llámame! Los maestros se elevan sobre la ignorancia ajena camuflando su debilidad con tu falsa ignorancia, ¡llámame! Se verán en su huesuda flaqueza.
Cuando dejes de balbucear por necesidad para hacer valer tus derechos y tu conciencia sepa de mí, ¡ahí estaré, entre ti y la mentira de tus padres!
Papá te enseñará lo que siempre has sido.
A los labios que acabarán siendo morritos de sinalefa, ¡venid!
A los que tantearán el suelo por sus errores y no por la protección de sus padres, ¡venid!
A las campesinas que se encomendaron a la prominencia del diablo, ¡venid!
A la débil imitación del estilo y de la riqueza, que sólo heredará miseria y sudor, ¡ven!
A la rastrera inocencia que elevará con su coño un imperio, ¡ven!
Al gemido dulce que no será más que un dulce veneno para el hombre, ¡ven!
A ti que has sido engañada y engañado desde que te expulsaron por la más indigna y culpabilizada de las zonas, ¡ven! (Risas).
A ti, que cuanto más te "educaron" y te limitaron, más me adoraste y me temiste, ¡ven!
Yo siempre vengo después de los arrullos y las mentiras de cuna, amor; pero aun así te acepto, ¡ven!
Y cuando un "maestro" crea tener el poder de adocenar y "docentar" tu agreste alma, ¡llámame! Los maestros se elevan sobre la ignorancia ajena camuflando su debilidad con tu falsa ignorancia, ¡llámame! Se verán en su huesuda flaqueza.
Cuando dejes de balbucear por necesidad para hacer valer tus derechos y tu conciencia sepa de mí, ¡ahí estaré, entre ti y la mentira de tus padres!
Papá te enseñará lo que siempre has sido.
Arcangélica
Estimado arcángel:
Porque aún nos queda la palabra, te escribo.
Los sucesos más aciagos, de los que uno parece ser responsable, acaecen tras los momentos más agradables. Te hablo de lo que me ha sucedido últimamente. Los momentos de calma, como dice el blablablá poético, presagian tormenta; y la más suave de las calmas aventura la más radical tormenta. Y, pese a todo (tristeza, malestar, frustración, rabia; sinsentido, ofuscación, depresión) lo que más me molesta es no poder salir a la calle y deambular hasta perderme entre copas y visiones nocturnas (así de pequeña es esta ciudad en la que, en cuanto adquieres cierta "reputación", ya pierdes el anonimato). En ese sentido, recuerdo Madrid. La gloria y la raíz de Madrid está en eso: puedes perder el cuerpo y el alma, perderte de corazón y hasta la púrpura de los huesos, sin que nadie te vea, sin sentirte visto. Aquí, en ese sentido, todo es local y provinciano, rancio, añejo, vetusto: podrido.
Te imagino en Madrid, arcángel. Siempre estás ahí y, aunque nunca te nombro ni te cito, en muchas penas me guardas más que mi ángel de la guarda (así lo imagino, sin desdeñar por ello a mi ángel guardián). Nunca me he atrevido a invitarte a una copa real en el mundo real, porque entonces esto dejaría de ser una selva y yo dejaría de ser Próspero de nombre. Pero me emborracho contigo y te digo que las cosas siguen mal y persiguen a la víctima con la saña de la indiferencia (yo me entiendo, tú me intuyes). Si te hablase con palabras comunes y diáfanas, todo sería banal como un divorcio o una "puesta de cuernos" o una desaparición de la "affectio maritalis" sin maritalis previa que valga. ¿Sabes una cosa? Los culpables (ellos, obviamente, no piensan así) están ahora hablando con seres reales de mi vileza; sin embargo, aquí, donde nadie nos ve, la vileza y la pusilanimidad y la mentira y lo canallesco es de ellos, en propiedad, en absoluta propiedad (yo me entiendo, tú te lías, yo paro). Es triste y lamentable emborracharse en una casa que te hacen vivir como ajena, es triste tener que gozar de hijos que son ajenos, porque la impotencia o el no sé qué de la locura impide a ciertos úteros alumbrar vida propia (pero fermentan la negra y podrida rabia de la amargura); es triste no poder hablar más que con el follaje y la espesura que puebla esta selva que se ha convertido en un cerebro de barro por el que divago, es triste habitar la remota altura y no poder verter la palabra sobre el polvo que otros reptan (yo me entiendo, tú adivinas, yo intenté parar pero no puedo). Quisiera "escupir" la basura que me asfixia (la basura de todos, la tuya y la mía), pero hace falta un cierto "estilo" incluso en la más sórdida e infecta pesadumbre. Dime, arcángel, ¿cómo está el metro en Madrid? ¿Sigue siendo alimentado por esas vergas de goma a sus costados? Ahora en verano no habrá medias de seda en las sirenas que atravesaban de punta a punta el gusano de la línea 10; pero, ¿cómo van desnudas ahora? Dímelo, arcángel, dime cómo es la noche de Madrid. ¿Es como la noche de Tánger que he conocido estos días? Ya te respondo yo: no. Madrid está a años luz de esa beatífica miseria que Durrell retrató en Alejandría y que Tánger esboza. Sí, arcángel, me enamoré de Tánger; porque ofrece al turista la vida tal como es, sin aderezos, sin la occidental limpieza que camufla los áromas permanentes de la muerte; porque se muestra desnuda entre velos, cubierta de óleos sudorosos y mortecinos, moribunda como toda criatura que viene a la tierra y que tarde o temprano pulsa el vagido final. Madrid es otra cosa muy distinta; ni siquiera en Las Barranquillas la miseria es tan vital y penetra tanto el corazón y la boca del estómago como en Tánger. En ella cualquiera puede ser absorbido "ofidiamente" por el laberinto de sus calles y perder su nombre. Pero me pierdo, como siempre (tú me quieres intuir, yo te extravío, ambos esperamos algo de la palabra). ¿Sabes? Mi visión de la ciudad, cualquier visión mía de las cosas es "desestimada" y carente de valor para la otra parte, para el otro reptil (tú, yo, ¡todos! nos entendemos). Pero la serpiente en estos momentos habla con el galeno (de cuerpos y de almas) para pedirle consejo, para que la asesore acerca de cómo matarme de un modo más lento y más doloroso. Sinceramente, me dan pena; ellos viven en "la" realidad, pero en esta selva hay un Gólgota en el que serán crucificados (yo me entiendo y me explico, ¡incluso me masturbo!; tú contemplas y tomas una cerveza espiritual, arcángel)... ¡Da igual! Es triste considerar propia la sangre ajena con el metafórico pretexto de la familiaridad y secar así las propias raíces (yo me vuelvo a entender con toda la rabia del mundo, arcángel, yo). Pero, por nuestro Dios, háblame de mi Madrid; háblame de Madrid, madrileño, desde mi ventana Madrid no se ve (pon la música de Marisol en "Háblame del mar, marinero"). En fin, arcángel, ignoro si retornaré, ignoro en qué acabará todo (el final es lo único que conocemos: se para el corazón y nos hacen cenizas). ¡Qué gran basura es el ser humano! La naturaleza es lista, la muerte es lista. (Pobre final).
Atentamente tuyo,
Porque aún nos queda la palabra, te escribo.
Los sucesos más aciagos, de los que uno parece ser responsable, acaecen tras los momentos más agradables. Te hablo de lo que me ha sucedido últimamente. Los momentos de calma, como dice el blablablá poético, presagian tormenta; y la más suave de las calmas aventura la más radical tormenta. Y, pese a todo (tristeza, malestar, frustración, rabia; sinsentido, ofuscación, depresión) lo que más me molesta es no poder salir a la calle y deambular hasta perderme entre copas y visiones nocturnas (así de pequeña es esta ciudad en la que, en cuanto adquieres cierta "reputación", ya pierdes el anonimato). En ese sentido, recuerdo Madrid. La gloria y la raíz de Madrid está en eso: puedes perder el cuerpo y el alma, perderte de corazón y hasta la púrpura de los huesos, sin que nadie te vea, sin sentirte visto. Aquí, en ese sentido, todo es local y provinciano, rancio, añejo, vetusto: podrido.
Te imagino en Madrid, arcángel. Siempre estás ahí y, aunque nunca te nombro ni te cito, en muchas penas me guardas más que mi ángel de la guarda (así lo imagino, sin desdeñar por ello a mi ángel guardián). Nunca me he atrevido a invitarte a una copa real en el mundo real, porque entonces esto dejaría de ser una selva y yo dejaría de ser Próspero de nombre. Pero me emborracho contigo y te digo que las cosas siguen mal y persiguen a la víctima con la saña de la indiferencia (yo me entiendo, tú me intuyes). Si te hablase con palabras comunes y diáfanas, todo sería banal como un divorcio o una "puesta de cuernos" o una desaparición de la "affectio maritalis" sin maritalis previa que valga. ¿Sabes una cosa? Los culpables (ellos, obviamente, no piensan así) están ahora hablando con seres reales de mi vileza; sin embargo, aquí, donde nadie nos ve, la vileza y la pusilanimidad y la mentira y lo canallesco es de ellos, en propiedad, en absoluta propiedad (yo me entiendo, tú te lías, yo paro). Es triste y lamentable emborracharse en una casa que te hacen vivir como ajena, es triste tener que gozar de hijos que son ajenos, porque la impotencia o el no sé qué de la locura impide a ciertos úteros alumbrar vida propia (pero fermentan la negra y podrida rabia de la amargura); es triste no poder hablar más que con el follaje y la espesura que puebla esta selva que se ha convertido en un cerebro de barro por el que divago, es triste habitar la remota altura y no poder verter la palabra sobre el polvo que otros reptan (yo me entiendo, tú adivinas, yo intenté parar pero no puedo). Quisiera "escupir" la basura que me asfixia (la basura de todos, la tuya y la mía), pero hace falta un cierto "estilo" incluso en la más sórdida e infecta pesadumbre. Dime, arcángel, ¿cómo está el metro en Madrid? ¿Sigue siendo alimentado por esas vergas de goma a sus costados? Ahora en verano no habrá medias de seda en las sirenas que atravesaban de punta a punta el gusano de la línea 10; pero, ¿cómo van desnudas ahora? Dímelo, arcángel, dime cómo es la noche de Madrid. ¿Es como la noche de Tánger que he conocido estos días? Ya te respondo yo: no. Madrid está a años luz de esa beatífica miseria que Durrell retrató en Alejandría y que Tánger esboza. Sí, arcángel, me enamoré de Tánger; porque ofrece al turista la vida tal como es, sin aderezos, sin la occidental limpieza que camufla los áromas permanentes de la muerte; porque se muestra desnuda entre velos, cubierta de óleos sudorosos y mortecinos, moribunda como toda criatura que viene a la tierra y que tarde o temprano pulsa el vagido final. Madrid es otra cosa muy distinta; ni siquiera en Las Barranquillas la miseria es tan vital y penetra tanto el corazón y la boca del estómago como en Tánger. En ella cualquiera puede ser absorbido "ofidiamente" por el laberinto de sus calles y perder su nombre. Pero me pierdo, como siempre (tú me quieres intuir, yo te extravío, ambos esperamos algo de la palabra). ¿Sabes? Mi visión de la ciudad, cualquier visión mía de las cosas es "desestimada" y carente de valor para la otra parte, para el otro reptil (tú, yo, ¡todos! nos entendemos). Pero la serpiente en estos momentos habla con el galeno (de cuerpos y de almas) para pedirle consejo, para que la asesore acerca de cómo matarme de un modo más lento y más doloroso. Sinceramente, me dan pena; ellos viven en "la" realidad, pero en esta selva hay un Gólgota en el que serán crucificados (yo me entiendo y me explico, ¡incluso me masturbo!; tú contemplas y tomas una cerveza espiritual, arcángel)... ¡Da igual! Es triste considerar propia la sangre ajena con el metafórico pretexto de la familiaridad y secar así las propias raíces (yo me vuelvo a entender con toda la rabia del mundo, arcángel, yo). Pero, por nuestro Dios, háblame de mi Madrid; háblame de Madrid, madrileño, desde mi ventana Madrid no se ve (pon la música de Marisol en "Háblame del mar, marinero"). En fin, arcángel, ignoro si retornaré, ignoro en qué acabará todo (el final es lo único que conocemos: se para el corazón y nos hacen cenizas). ¡Qué gran basura es el ser humano! La naturaleza es lista, la muerte es lista. (Pobre final).
Atentamente tuyo,
Próspero Ansetobeah
Críptico, como lo personal es críptico
Si todos apuestan por una Magdalena y procuran que otros no tengan una familia, ¿qué harías? Cuando se tiene clara la respuesta, se es libre, aunque haya dolor y lágrimas.
Los pormenores de una discusión son eso, pormenores. Son las cuestiones fundamentales las que secan el árbol: frutos ajenos que marchitan los propios y esterilizan las raíces (en este caso las mías).
Se puede abandonar una lucha de muchos modos; pero si te van a olvidar y vas a ser un despreciado, pregúntate si no es mejor "dejar memoria amarga" de ti. Pero para eso hay que ser frío, tranquilo como una serpiente y renunciar a absolutamente todas las pasiones por el poder de una idea justa que se quiere encarnar.
Alguien me dijo que los vaivenes en una relación son normales, lógicos, hasta que uno se acostumbra. Yo traduje este pensamiento a otro: eso sería como acostumbrarse a la cárcel, a esa enfermedad crónica que te convence de que ya no y así hasta que te mueras, a la renuncia... a la esclavitud resignada.
Saber seleccionar un poema no es crearlo, saber criticar una obra no es crearla. Dominar los juegos de lenguaje es ser un dios (pero hay muchos dioses).
Cuando uno está solo y todo y todos están en contra, es suficiente la actitud de emprender un nuevo camino, el que sea (aunque sea erróneo) y donde sea, antes que maldecir o justificar. Esta es mi situación. La encrucijada de la duda hace morir en vida.
Hay tres palabras resolutivas si se dicen en el tono adecuado, sin ira, como una callada oración; son tres palabras que, una vez dichas adecuadamente, permiten quedar en silencio sin temor a represalias: déjame en paz. Después de dichas, todo intento de amenazar la paz puede ser resuelto ante los tribunales.
16.7.11
La pajita de las doce
Algún día alguien descubrirá este blog y publicará un extracto de las mejores intervenciones, se hará famoso como compilador, yo estaré vivo y ambos alcanzaremos la gloria tras visitar La Noria y a Jorge Javier en Sálvame. ¡Y todo con el mínimo derrame seminal!
