Catarsis "Incipit Tragoedia".
En la Plaza del Ayuntamiento de una luminosa ciudad española recibí hace un par de días la enésima (y última) amenaza de una persona. Os doy un consejo: cuando os amenacen, que cumplan la amenaza y, ante todo, ¡recordad! Jamás hubo enemigo pequeño y las personas más débiles y solitarias siempre tuvieron en su mano armas poderosas. Precisamente por ello, porque la soledad y la debilidad inspiran el miedo y la angustia y ambas llevan a la crueldad. Es una relación causa efecto. No admitáis las amenazas, aunque muráis por ello. No necesitáis ejercicios de autoafirmación ni de autoestima para afianzar la confianza en que podéis devolver el daño que os hagan. Si constantemente, día tras día, os ordenan y os imponen amenazas tenéis que ser libres. Yo hasta ahora dudaba y la duda me hizo esclavo y objeto (objeto, no sujeto) de burla. Pero las risas ajenas acaban extinguiéndose y el más amenazado transforma las amenazas en el crisol de la supervivencia. Si estáis ciertos, seguros, con evidencias; si podeís aportar pruebas ante Dios y el señor de que os han estado asfixiando, todo es lícito. Lo que sobrevenga después da igual, siempre quedará el recuerdo de que nos rebelamos contra años de burla y desprecio. De lo contrario, más os valdría suicidaros y desaparecer (pero tened en cuenta que quien ha estado amenazando desea vuestro suicidio y que se ha reído de muchos suicidios ajenos).

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio