Al anochecer era un nido de cigüeñas; al amanecer es un nido de buitres.
Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Quien dice esto debe creer que hay algo en el mundo que no sea una desgracia (quien no se consuela es porque no quiere). Pero es verdad que las desgracias más intensas suelen ir concatenadas. Alguna explicación habrá.
Ante ello sólo hay un remedio (y aquí se puede generalizar, ¡claro que sí!): el fatalismo ruso del que hablaba Nietzsche en el Ecce Homo. Tirarse en la nieve, sonreír y que el mundo gire como le venga en gana. Lo que hace que el cuerpo y la mente se vengan abajo y que en poco tiempo caigan irreversiblemente enfermos es tomar con ira o con humor, con rabia o con paciencia, con racionalidad o con locura lo que pasa alrededor. Cuando ya estás en el sótano sin esperar a nadie se hace lo que hacían los soldados rusos: tirarse en la nieve, y dormir con una sonrisa. Nada importa, nada afecta, ya te han arrebatado la capacidad de sentir. No hay amenazas, no hay advertencias, no hay compasión ni dádiva que pueda revertir en uno. Sólo el frío y el sueño, la indiferencia biológica e insuperable mientras todo son balas alrededor. Ahora es ese momento. El siguiente, si ha lugar, sería el de "Preferiría no hacerlo" hasta morir.

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