Este es un punto sin calificativos. Ahora no hay nada que restaurar y parece no haber sistema. Incluso admitiendo que no hay sentido, es necesario cierto sistema para poder seguir en el camino. El camino obliga a seguir en el camino.
Hay un patio y voces en él, voces que no me importan; voces que si desaparecieran no harían perjuicio alguno.
Me pregunto de qué sangre estáis hechos. Cada uno de vosotros es un conjunto de programas más o menos predecibles, limitadamente sorprendentes, incapaz de comprender el todo. ¿Es posible así vivir? ¿Es posible vivir así? El familiar, el pagado de sí mismo, el rebelde, el quejica... Programadas personalidades, tendencias, horizontes... ¡sois ese desfile! Y el espectador traga y paga, sin por ello ser la máquina que lo controle todo. El espectador sólo está más desvinculado y solo por ello.
La muerte, en cualquier caso, borra los programas. Mediadora es la muerte para los que aún no se han ido. Vivir para morir. ¿Trivial? ¿Evidente? ¿Incuestionable? En ese caso, ¿por qué nos da miedo lo trivial, lo evidente y lo incuestionable? ¿Por qué la fuerza de esa evidencia no afloja el nudo de la angustia?
El nudo de la angustia es quedarse en medio de los dos lados al cruzar una gran avenida, quedarse en medio, porque el semáforo de la acera de enfrente ya está en rojo y el que está a tus espaldas ha dejado de estar en verde. Y estás ahí, entre coches y coches con el ruido de su velocidad, aislado, sin otra cosa a la que agarrarte que la verde columna del semáforo, ahogándote y sudando con el temor de salir volando hacia el cielo... ¡ese vértigo! ¡esa náusea! ¡ese estallido en potencia del corazón! Es un instante de eternidad y muerte. Y pensé en ti... sí, pensé en ti... en aquel instante.
En nuestros programas están activadas las corrientes del resentimiento -es decir, el físico deseo de justicia-.
Después, en otra parte, desquiciada está la educación que engendró un monstruo.

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