La Selva de Próspero

Sapere aude!

4.11.12

Hay quien desea mi muerte en esta noche. ¿Qué digo? A quien no le importa lo que sea de mí. Y (apostillo) no se trata de un desconocido o desconocida. ¿Eso me preocupa? No. Yo soy pasto de buitres desde hace tiempo en esta tierra de buitres. Y si ahora mismo cayera aquí y quedaran clavados los cuernos en la pantalla de plasma, poco importaría. ¿Mi último deseo? ¿Mi penúltimo deseo? No es un deseo: es una esperanza, una meta, algo que alguien conseguirá algún día. La esperanza de encontrar la palabra que todo lo transforme y que haga justicia, la palabra que mate al que ha de morir y la palabra que dé la vida al que merece vivir. Esa palabra, que como la del Dios veterotestamentario, siega la vida de generaciones venideras o la salva; porque la falta de uno, una rama de herederos ha de pagarla. Y la dignidad de uno, algún heredero ha de hacerla constar.

3.11.12

Le llamaban "rama rota"; pero él, de alto orgullo, siempre se llamó "tronco torcido". Absolutamente abstemio (en sueños), gustaba de coronar a los aldeanos con las filigranas de su rama o de su tronco. La pequeña Nicolette se partía con él. Desplegaba las butifarras en forma de compás y solicitaba a gritos recibirle a puerta gayola y que la matara a volapié. "Este me suena a cantante americano y mide 19 cms. El coche es un Volvo Taurus. ¡Guau!" A Nicolette le gustaba juzgar a los amantes por determinadas características. Pero no exigía demasiado, sólo modestia, mucha modestia. Lo que más elogiaba de cada macho era que fuese modesto.

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