17.5.13

No le prestes mucha atención a las "grandes tragedias". Que no te agobie o te haga meter la cabeza bajo la almohada o en el  horno la certeza de que todo se vaya a romper o la evidencia de que todo se haya roto. Si has sufrido lo suficiente, ya no sientes, todo da igual: el hospital, la cárcel, la calle. Piensa en Oblomov o en Chinaski  o en Peter Kien o en Sacha Savarof o en el increíble Bardamu. Me podrás decir que "esos" no existieron. ¿De verdad lo crees así? Pues dudo yo que tú creas que Don Quijote o que Aureliano Buendía no hayan existido. ¡Es más! Creo que para ti y para mí tienen mucha más realidad que el voceras de New Jersey o el jilguero que tiene "el alma al aire". ¿Me equivoco? El aire que pasa de un oído a otro permanece menos que la letra que ha entrado con pinchazos de soledad, colega. Mientras los héroes de cartón piedra pretenden emular a Tom Waits con una carótida del tamaño de diez hamburguesas en el cuello mientras cacarean que nacieron en USA para salir corriendo de ella, otros le cantan -como Tom Waits- a Chinaski mientras dejan que Jersey Girl sea manoseada por las lunas de moda. ¿Crees que divago? ¡No es cuestión de fe! Puedes estar cierto, amigo, puedes estarlo. A mí me iba más la guitarra como templo del espíritu santo, no como adorno colgado al cuello de un american bulldog que va predicando "el río" como Manolo Escobar su carro. La tragedia es haber vivido infinitos de celulosa que se pegan al alma y al culo y no poder transmitirlos, porque chocan contra corazones de arena y huesos roídos. Pero ni a ti ni a mí nos van a recordar más allá de la plancha metálica donde diseccionan a los pollos solitarios.

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