A modo de metáfora que tú no entenderás, porque no conoces el referente.
Pero te hablo de las hormigas que nos van royendo y que conviven con nosotros en formas de mayor o menor familiaridad.
Te hablo de la cucaracha maternal y política -ambas cosas una sola cosa-; te hablo de la otra familia que es una mafia y un nido de hormigas carnívoras. Te hablo de relaciones negras, sucias como la tierra seca, relaciones de osario y cascajal que sólo viven para los muertos muy muertos, relaciones de páramo y aldea que se acartonan bajo los astiles de la maledicencia hueca.
Yo te podría hablar de babosas mocosas que reptan sonriendo, sin saber que un día unos ojos inyectados en sangre y en alcohol las aplastarán y dejarán su larva enteca en algún patio olvidado.
Te hablo desde un lugar al que la traición me ha clavado y al que me he resignado a morir. También los otros mueren y van muriendo, pero sin conciencia -felices bandullos de paja que anegan con botellón hasta convertirse en hediondas cisternas-.
Te estoy hablando siempre de ir muriendo en vida, y te hablo así en cada línea para que al final, con suerte, el aburrimiento acabe mitigando el miedo; para que la contracción del último vómito no te paralice en un instante eterno, pleno de conciencia, que te impida huir de la pesadilla en que quedes atrapado.
Te habla la grandeza empequeñecida en vida -te habla a ti, grande en Liliput-, y te habla sin eco, en silencio, sigilosa como el áspid de los recuerdos que se han convertido en remordimientos. Te hablo resbalando en el sudor y conteniendo el dolor agudo. Pero nada ha sido más lancinante que la traición.
Y te hablo para poder obtener el silencio. Así es, sí, así es: para obtener silencio y permanencia; para ser firme en mi distancia y así poder acercarme a ti. Te hablo para quemar palabras, para desprenderme de ellas, para sentirte; te hablo como el que no tiene tiempo, como el que ya no es tiempo, como el que al límite grita antes de ser absorbido. ¿Sabes? La rabia me libera del miedo; no puedo vivir la verdad de las hormigas, la dócil y resignada verdad que acude a un funeral cada día, la inconsciente y ritual queja que ignora el tremendo daño que hace a quienes han caído de bruces al suelo y no dejan de mirar el hormiguero... ¡esa queja ritual! ¡Esa grima! Las hormigas podrían horadar el mundo con sus almitas trepanadoras.
Te hablo porque, antes de retornar en muy breves días a este desierto hostil desde el que escribo, que no dejará ni mis huesos, parto mañana para ese lugar del que no debí volver, parto unos días para purificarme de este mundo. ¡Bendito Gólgota de Madrid! ¡Cuán preferible a este huerto de olivos que siempre anuncia la muerte y se habitúa a ella!
Dejo al destino lo que suceda. Siempre es así. Tú, yo y todos son gotitas para el destino, gotitas de este sudor que encharca este bufete sobre el cual despliega sus alas un buitre.
Mañana, cuando a las 11:15 llegué a la Estación del Sur (si antes la noche no arrebata los sueños), creeré haber llegado a mi norte por unas horas... o para siempre. ¿Qué importa dónde han de descansar los podridos huesos? Pero al menos ahí, en ese centro, algún que otro rascacielos da fe de que las hormigas no son más que eso, hormigas.

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