La Selva de Próspero

Sapere aude!

24.5.14

Soy Epitelio, el Calibán payaso que hace el pino para mi señor Próspero Amarus ("amargo" para los muertos que piensan que el latín es una lengua "muerta"). De tanto convivir con la bilis de color "negro noche sin luna ni estrellas" de mi explotador, hoy se me ha pegado al manto de rata un poco de su negrura. Y así escribo. Y no puedo dejar de escribir de algo que para unos poquitos es hoy un evento "mayúsculo" como una hormiga haciendo pesas.
 
Textos epiteliales:
 
Hoy una porción (minúscula) de la tarta llamada "población" se servirá en el plato de Lisboa. ¿Quién la consumirá? Hay una "boca" oscura que siempre acaba con el menú y deja el plato vacío. Tal vez hoy deje la guadaña en guardarropía noventa minutos (o un poquito más); pero luego puede tirar el plato al suelo y hacer que se aplaste la porción. Todo depende de lo golosa que esté hoy la boca.
 
No sé cuántos asistirán hoy a Lisboa; pero, jugando con la palabra, formemos frases -aunque no parezcan sensatas-, para los asistentes -y más gente-:
"Todos son como millonarios o no padecen la absoluta penuria que tanto se cree temer".
"Todos tienen objetivos y son felices; ninguno es desgraciado en esencia".
"Todos han vivido".
"Todos pierden hoy motivos y razones para lamentaciones con sólido fundamento".
"Todos son humanos, demasiado humanos, repelentemente humanos".
Los más cristianos de los que me lean pensarán que habla por mí la envidia; pero por eso son cristianos, porque han inventado los pecados capitales, provinciales y rurales.
 
(Un texto personal, aunque no suelo hablar de mí).
Como Epitelio me considero el Calibán de mi selvático Próspero; pero eso no me hace talibán contra mi "diabólico" Próspero.
 
La circunferencia de las ondas tiene muchos radios; y sobre ellos un montón de monos con micrófonos preguntan a otro montón de monos qué sucederá esta noche. "Ganaremos", responden; "perdisteis, como siempre", responderá la boca de necrosados labios.
 
Ahora me retiro a los matojos, porque tengo que nutrir la tierra y devolver al suelo de la selva lo que la hace crecer.

5.5.14

Donde habito no hay cortinas; sólo hay velos donde habita la vida. Donde yo habito todas las noches hablo con la muerte. La muerte no es una personificación ni un alter ego -tampoco la voz de la conciencia-. Aquí no hay velos.
Cuando hoy conducía, la muerte iba dentro de mí; te escribo y la muerte va dentro de mí. Cuando veas que ya no escribo, será que no existo.
¡Cuántas veces os lo dije! Se muere poco. Te lo dije, os lo dije... incluso me lo dije a mí mismo muchas veces. Se... muere... poco. No hay las suficientes muertes en el mundo como para que brote la vida; la muerte es oxígeno y espacio. Creo que especialmente en nuestra cultura se teme demasiado a la muerte. Por ejemplo, no concebimos algo así como despedir a los hijos cuando van al colegio diciéndoles: "Hijo, si no nos volvemos a ver, es porque tú o yo o los dos podemos haber muerto". Cuando acompañamos a alguien a cualquier sitio y hay que separarse mucho o poco tiempo de él, no hablamos de morir, de desaparecer. Eso no creo que propicie la vida.
Cuando me despido de la panadera siempre le digo: "Si mañana no vengo, habré muerto o estaré agonizando y preparado para morir. Así que hasta mañana."
Cuando el médico me dice que hay un alto riesgo de que muera "pronto", nota que no me extraño y eso le extraña. No sé cómo no he muerto el otro día, o ayer... ¡este mismo fin de semana! Hablo de que el cuerpo deje de funcionar y ya está. El modo da igual.
Para mí la muerte es como un bonsai que hay que cultivar cada día; hay que cuidarla, mimarla, tenerla cerca y morir.
Cultiva la muerte, practícala, "vívela". No se puede decir que en la vida se vaya "como muerto" (la muerte como tal no se experimenta). Pero, no sé por qué, yo la nombro, la toco, ejerzo la ficción de que estoy muerto hasta casi rozar la realidad de la muerte. ¡Mira! Venciendo las supersticiones, puede que me muera ahora mismo. El infarto, el ictus irrevocable, la "gran" parada: están aquí, los toco, los pulso, me ahogo de tan cerca que están. ¿Tú no? ¿Y cómo puedo convencerte? Aunque tampoco pretendo convencer de nada, aunque parezca que intento convencer de algo.
Me han ido matando, me he ido muriendo... ¡gerundios y gerundios! Las arterias explotan, con o sin aviso; los pulmones revientan, la sangre deja de circular, a veces un hormigueo es la precuela. ¡Qué pasada! ¡Estás en trance de muerte! Eso es único... ¿Te percatas de que es único?
Dejo de escribir: estoy teniendo un orgasmo mortal.


Epitelio era uno de los personajes favoritos de mis antiguos diarios. Era la parte menos amarga y, a la vez, la más ácida, la más crítica de mí (eso suponiendo que Epitelio no tenga existencia propia, lo cual pienso a veces). Cuanto más feroz era yo y, por tanto, menos capaz de expresar aquello que necesitaba sacar fuera de mí; más acuminada era la expresión de Epitelio, más divertida, más consoladora. Hacía años que no me encontraba con él y tras este macabro puente ha vuelto a aparecer.
 
Epitelio divagando a solas con el coche y resumiendo cosas pasadas:
 
Una niña mágica por arte de magia rompe el encanto de un largo fin de semana. Los hijos del rock and roll, ya poco hijos de nada ni de nadie, se endiosan y endosan lo que los hace humanos, a saber, eso que surge por arte de magia y que rompe el encanto. Moraleja: Ser padres es tanto como reconocer que se ha perdido la juventud y que sólo queda el trabajo, los hijos, el trabajo, los hijos; el trabajo, los hijos... O sea: Dejar de vivir para uno mismo y morir para los demás a la espera de su ingratitud. No es extraño que al final sólo quede la magia de las birras y el fútbol... ¡Y recordar, claro! Recordar que se fue joven y que se renunció a vivir por aquello que surge por un arte de magia muy común llamado "follar".
 
Me hace gracia ver cómo pretenden aparentar juventud, belleza -¡y hasta hidalguía!- las que al romper las aguas, abrieron con ese acto la esclusa por la que se fue toda la belleza. ¡Eso sí! Quedan sucedáneos de derrota: maternidad, ética, familia...
 
Consejo al margen, mientras tomo una rotonda (no una ronda): Si bebes, y bebes bien (con ganas, con motivación, como por necesidad de dejar la tediosa y mortificante necesidad de un día a día letal) puedes multiplicar por dos o más aquello que temes. Ciertamente, no tendrás muy buen aspecto de cara a los hombres serios, balbucearás como un pavo ante la Navidad y pensarán que estás un tanto ebrio. En ese caso, habla de viejas hazañas: así podrán creer que hiciste algo en tu vida y que no bebes por derrota.
 
Más pensamientos, más divagaciones en la ruta (los caminos locales hacen florecer el polvo y las ideas). La familia, en su esencia, en su definición tiene mucho de lo que Mario Puzo describió en su ensayo y trabajo de campo "El Padrino". Todas las familias tienen algo así, sin exclusión. (En pocos argumentos cabe tanta universalidad). En eso los solitarios son una raza de hiperbóreos que no debe nada a los ajustes de cuentas, a las falsas apariencias, a los rumores asesinos ni a las puñaladas traperas; es decir, a la familia sensu stricto. No penséis que la familia arruina a los solitarios. Os equivocaríais. Los solitarios, los puteros sin familia, los borrachos sin familia, los rockeros y los escritores marginales que tiraron a su familia por un barranco antes de pasar por el desfiladero del arte: todos esos son hiperbóreos; mientras que los que se adocenan bajo el género "familia" viven al sur del infierno, que es la nada. Dijo El Enviado: "¿Eres estéril? ¿No ejerces el arte de magia que engendra embutidos? ¿No rockanroleas por despecho, por resentimiento, ni por rechinar tus dientes contra la vida de fracasado y de esclavo? Entonces ven conmigo."
 
Más ideas que brotan antes de morir en carretera. A veces se engendra un embutido tras una noche de rock; un embutido o carga familiar que después te permite cobrar un modesto (o pingüe, todo depende) subsidio, si no hay muchos ingresos, a cargo de Papá Estado -al menos por ahora, y hasta que las cosas empiecen a ser más racionales-. Mientras, los esqueletos estériles, llenos de ampollas se crucifican, juegan a ser mártires y llaman a la gran madame que saca todo adelante.
 
Y ahora yo, Epitelio, paro en un bar de camioneros, hago un receso, bebo un trago, cojo libreta y pluma y en una mesa sigo. Recuerdo que tras el puente, ya de vuelta en la ciudad de los rascasuelos y de los pechos de cartón piedra, queda un silencio interior, lleno de zumbidos, en el que te percatas de que la amistad, la nobleza, la honestidad y todas esas cosas existen porque un pueblo amante de la libertad los garantiza con penas de muerte cuya ejecución dura al menos cuarenta minutos (con veneno made in Spain). Y piensas que, no sin razón, al que guía a la gran nación de naciones le dieron el premio Nobel de la paz. Y piensas en esta divagación que la torticera Europa instigó e instiló en una nación las ansias de anexión, para rapiñear y plantar pico de buitre a la gran madre Rusia; y pensó la gran familia, la gran mafia de Europa, que todo resultaría. Y ahora buscan culpables en todas partes, menos en su podrido corazón. Incluso recurren al premio Nobel de la paz, defensor de los micro infartos de cuarenta minutos en pena de muerte, para que sancione. Y entonces pienso que Europa es un escenario para el libre tránsito de drogas, armas, blancas y capitales corruptos. Cualquier otro tránsito es tácitamente ilícito. Pero siempre están ahí los coros y danzas de la gran idea de Europa que maquillan los latrocinios. Toda familia tiene miembros que saben maquillar los cadáveres. Pero unos pocos saben que la idea de Europa se mantuvo en la Grecia clásica y en el siglo XIX. A excepción de esas cesuras en el tiempo, Europa no ha sido más que un conjunto de trincheras. Y dentro de unos días habrá quienes decidan ser cómplices de los latrocinios de Europa o mantenerse al margen de sus despropósitos
 
Y yo, Epitelio, monto de nuevo y arranco y enfilo. La Estrella de Galicia es mi guía interior; las señales de la carretera, mis guías en este camino sin verdad ni vida. Y me dejo alucinar por imágenes absurdas. Imagino que levantaría una estatuta a la hamburguesa, y a sus pies pondría un corazón -el problema es que ese corazón fuese el mío-. Imagino la pizza de los mil y un ingredientes; pero el problema es que los sabores se repetirían. Entonces concibo una tarea para los concursantes de Master Chef: crear una pizza de 1001 ingredientes y que los catadores sepan reconocerlos. El premio sería una semana con bulimias pagadas en un psiquiátrico de Suiza. Y sigo dejándome alucinar y me imagino acabando mis días con un taparrabos, subido a una silla, en cualquier esquina, y lanzando aforismos contra la ultramodernidad que atravesamos. Y me viene una cita a la cabeza, ¡una cita mía!: "¡Abrid las puertas para que entre el aire! Y entonces las once mil vergas de Apollinaire se gasificaron."
 
La carretera es larga, y Cormac McCarthy lo sabía; y uno de los tramos de esa carretera pasa por un meridiano de sangre -también Cormac lo sabía-. En una senda así, rodeada de otras muchas sendas perdidas -de eso es Heidegger quien sabía-, lo raro es vivir y quizás la vida está en otra parte; pero hay que seguir rodando, solo, siempre solo; porque sólo en la familia de los solitarios hay propuestas que sí se pueden rechazar.

 

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