Viejas entradas, viejos diarios. Uno.
Sábado de gloria.
Una pluma negra. Un cuaderno de corcho. Olvidos. Aquí todo rebota. Hay un laberinto que se llama cabeza.
Pena y rabia. Siento que no querría sentir esto antes de morir.
Es una pluma negra.
El otro.
Yo estaré ahí. Nemo me impune lacessit. Me anuncio con reacciones, porque soy una reacción. Mi ser es ser respuesta. Soy una fuerza y, por actuar cuando actúo, maligna. Aquí, en este rincón de cristal, veo lo que me rodea. Lo que me rodea calla, ya solo hay silencio.
Se trata de repetir y repetir. Es un momento que, digamos, se puede llenar y cada gota no puede ser pensada ni sentida como la última. Por eso te mueves mientras te mueres. No pienses demasiado. No merece el fastidio.
¡Vamos! El hotel espera.
La serpiente capilar.
Todos viven gracias a mí. Tal y como son para mí lo son gracias a mí. Ahora todos son productos de mi escaparate: muñecos de goma sin precio ni comprador, figuras sin relato. Y los que pasan por delante del escaparate son figuras móviles. Unos padres cuidan de su hijo y le hacen creer que es mayor. Le dicen que tiene mucha tripa. El niño sonríe orgulloso como un ignorante. ¿Alguien no lo es? Hay poco tráfico. La temperatura es uterina y perfecta. Las voces son típicas, suaves ladridos de un fin de semana sin aparente fin. Alguien nombra "huevos con chistorra" y a mi lado una mujer que sale de los cuarenta fuma, y el humo de su cigarro me ofende, es un insulto. Hay mal gusto en un cigarro que se enciende a tu lado.
Es hora de irse a otra parte.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio