La Selva de Próspero

Sapere aude!

12.7.15

Los zumbidos

Están ahí, bien dentro, los zumbidos. En la cabeza. No es el dolor. No son las voces de los otros en el miserable bar. No es el aneurisma latente. Tampoco es la presión atmosférica ni humana. El zumbido proviene de la Abeja Divina. Ella es la que zumba. 
Somos partes conscientes de la divina Abeja Divina. Y volvemos a ella.

Junto a este texto de Morituri Stultus se encontró la siguiente homilía. Los intérpretes coinciden en afirmar que no tiene que ver con el texto transcrito.

"¡Hermanos de pesebre! Cada sensación se puede controlar hasta la extinción. Cada sensación se extingue. Las sensaciones se pueden anular. Toda sensación es dañina.
Es cuando duermes, es decir, cuando los que te rodean ya no inciden en nada sobre ti; es entonces cuando el miedo desaparece y, sobre todo, el miedo a la muerte. Por eso muchos se inmolan. Hay que saber despreciar. Todos somos despreciados. Todos somos anulados en nuestras potencias. Por eso Dios es lo que garantiza que alguien o algo nos respeta. Dios merece nuestra felicidad y nuestra desgracia, porque la conoce. Nuestro semejante no es semejante para la vida."




Supuestas últimas actuaciones [10/07/2015]

El proceso ha sido gradual. Comenzó hace dos o tres años. Era un presentimiento, una sensación de inminencia. Ahora la inminencia roza el hecho. Es el umbral. 
Alguien dice que estas son las últimas palabras:
  1. Nada puede ser mantenido, ni siquiera las cosas más nocivas o salvajes.
  2. Solo la razón es salvaje en extremo. Lo superlativamente salvaje proviene de la razón.
  3. Todo diálogo prepara como su fin último una muerte lenta.
  4. Cada moral es un pasatiempo.
  5. Se dice lo mismo del escalón superior a la moral.
  6. Uno dirige a mil; y mientras dirige cree dirigir. Uno dirige a millones y cree dirigir. La fe cree en el poder. La ciencia lo desmiente.
  7. Muchos llegan a similares conclusiones; solo alguno llega después de haber hecho todo el recorrido precedente.
  8. Si se rompe es que ha vivido.
  9. Un giro de la Tierra sobre sí misma es lo que dura lo digno de ser vivido.
  10. La conciencia lo es del dolor, no de aquello que nos hace olvidar el dolor. 
  11. Todo muere.

"J" de Junio.

Aquellos hundimientos, este desprecio. No es cosa de tomarse un tiempo ni unas vacaciones. Es cosa de asumir la muerte. Pero, ¿cómo asumirla activamente? ¿Sin descuidar el día a día? Lo que uno quería ya no va a ser. Lo que queda, incluso con la mejor actitud y con el talante más optimista no ilusiona demasiado (¡no ilusiona!).
Casi cincuenta años que van cayendo en el olvido. Amigos muertos, padres como muertos y nada más que pesadumbre. Todos máquinas. Más o menos estropeadas, más o menos funcionales; pero todos máquinas. Ni un amigo, ni un compañero. ¿Se creen que uno no sabe? ¡Falsos! ¡Canallas! ¡Hipócritas! ¡Mediocres! Su mayor éxito o su mayor orgullo no es más que un segmento que ignora su dimensión de polvo. 
Esto es para "los otros", esos que conviven muertos, porque están muertos. No hacía falta ninguna premonición, ninguna precaución; salvo una: saber que siempre han ido, van e irán a por ti.
¿Mi filia por la nueva formación? Es comprensible, A., muy comprensible. Cada nueva formación es un cáncer para un organismo; y este organismo está enfermo y cada nueva formación acelerará su muerte.
Las cosas ya no van a ser iguales. Serán mejor o peor, pero no iguales. Ahora hay que limpiar. Sólo limpiar. No hay otro programa.

Rivotril beige con croissant.

El calor tiene el sabor de las patatas fritas. Pero morir de calor no sabe a nada.
¡Adelante! ¡Risas fuera! ¡Chorros de risa con la manguera de la compasión!
La compasión sabe a leche y a cerveza.

Rivotril blanco.

Colgando del techo de la peluquería sonríen las cabezas. Los niños esperan en la escuela. La cabeza de mamá, la cabeza de tita, la cabeza de abuelita... Todas cuelgan del techo de la peluquería. ¡Cuántas cabezas! ¿Jugarán los niños con ellas?

Rivotril

Quien muchas vidas vive, muchas muertes ha de morir.
Queda el silencio, el obligado silencio, impotente y lento.
El silencio besa el olvido y los errores saben a mortal silencio.
¿Han crucificado a alguien por sus errores, siendo inocente?
No hay errores limpios ni cuchillos sin herida.
Habla un sapo en el crepúsculo.
Habla un sapo en medio de la calzada que lleva a la playa del río.
Habla el sapo al que llaman "De la mala suerte", porque le dice a todos que un día u otro han de morir ignorando.

El juez Holden.

Blanca es la piel que viste al diablo; blanca como el lino, blanca y de niño.
El iris blanco, las cejas blancas, el pelo blanco, la sonrisa blanca.
Los colmillos blancos y la lengua blanca.
Macabra palidez del juez que todo lo provoca.
¿Te asfixias, lady? El desierto a veces es irrespirable.
Mira el cachalote blanco, de obesidad blanca, de saliva blanca, de pechos blancos.
Yo también tengo tetas blancas.
Sus ubres blancas están llenas de justicia.
Son ubres de juez, de diablo, de elefante endemoniado; de mundo blanco.
La arena blanca es blanca y arde.
Hay una playa de cenizas sobre la que pisa el monstruo que todo lo juzga.
Hay una playa en la montaña, adornada de huesos, para que tú y yo nademos muertos.

Amor en la ciudad del calor y del infarto.

Cuando haga calor sacaremos los paraguas y los llamaremos "sombrillas". Sí, amor mío, así será. Dos paraguas: uno para ti, otro para mí. Paraguas que pararán las piedras, los dardos, las flechas y el granizo. Paraguas ligeros, de lona blanca, con mango de hueso pelado. Cuando haga calor y el juez Holden nos encuentre clavará las astas de su paraguas en las fosas de nuestros ojos; pero no habrá ojos: solo un par de calaveras risueñas y peladas.

Espectador de accidente sin alma. (Es el espectador el que no tiene alma).

Una sonrisa, pequeñita, como de niño; una sonrisa que sale porque sí. Es la que tengo mientras pasan con las ventanillas bajadas, con la música a tope "Topamax". Una sonrisa porque son jóvenes, porque su coche es blanco, porque hace apenas diecinueve años que han abandonado el útero. Las ventanillas bajadas, música "tope-dance", a tope como la velocidad. Ríen... como salvajes, como jóvenes brutales y salvajes en su coche blanco "papá". Una sonrisa, desde esta terraza, mientras se empotran, mientras se incrustan, mientras intentan romper el muro. Una sonrisa, pequeñita, como un hilito de sangre o una brizna de vida. 
Una gota de sangre ha caído en el café. La sonrisa es pequeñita y roja.

Oblomov y huraño.

Como se revienta una ampolla entre dos dedos dice Pilar que estalla un capilar.
¡Qué buenas las nenas que visten apenas!

Difícilmente compones un blues así. Necesitas un negro que ladre tu taladre. Ese sería un buen comienzo. 

Desayuno de trabajo I

El verano nos quemará. Se volverán las espigas rubias, que seguirán hasta el juego de la hoz. El otoño traerá uvas rojas como perlitas de sangre.

"Hay que pagar impuestos".

"Hay que pagar impuestos".
Unos se fijan en el complemento directo, en los impuestos; se quejan, discrepan, tienen su opinión sobre el hecho de subirlos o bajarlos, pero se dan por sentados.
Otros se fijan en "pagar". Cuestionan cómo poder pagar, cuándo pagar. ¿Pago aplazado? ¿Pago fraccionado? ¿Pago exento?
Otros nos fijamos en el "Hay que". Cuestionamos que ese "hay que" tenga carta de naturaleza. ¡Como si nacer y ser ciudadano ya obligara! Algunos cuestionamos, e incluso más allá de ello, afirmamos la arbitrariedad de lo obligado. Universalmente aceptados solo hay tres "hay que": comer, beber y dormir. Lo demás es arbitrario. Se entiende que respirar y cagar vienen con el lote desde el parto.

Tercer acto:"Sin pinza". +18 años.

[La misma escena que en el segundo acto, pero con un añadido. Debajo de la presentaciòn de la urna funeraria y la cerveza extranjera, un desierto en la mitad derecha del frontal y una piscina de noche en la mitad izquierda del frontal]

Hombre: ¡Bien! Estos dos casos que le voy a contar le pueden parecer estremecedores. Pero ejemplifican como pocos eso por lo que usted me pregunta. A quienes intervinieron en lo que le voy a relatar sí que se les fue la pinza.

El Diablo: Ando sobre ascuas.

H.: Pues bien, el primer caso tuvo lugar en Ricapeste, un poblado que se encuentra en el límite entre Madrid y Villalacoste. 

E. D.: Lo conozco. He estado allí.

H.: En ese lugar se reunieron varios hombres que, al decir de muchos, eran hombres de negocios. Vestían trajes azul marino y gris marengo; y todos ellos llevaban pegadas a sus espaldas unas alas de gaviota. Se reunieron una tarde, cercano ya el crepúsculo, alrededor de una especie de piscina de plástico. En la piscina había más de un centenar de niños amordazados y maniatados aguardando algo de aquellos hombres. Justo en el momento de ponerse el sol cada uno de aquellos trajeados vació un contenedor de gasolina en la piscina. El número de hombres era un centenar justo. Así pues, cien bidones de gasolina se vaciaron en aquel depósito. Cuando la oscuridad ya era palpable, encendió cada uno una cerilla y la lanzó a la pileta en la que se encontraban los pequeños. La llama fue infinita. Apenas cinco minutos de alaridos por parte de las víctimas y media hora de gritos orgiásticos por parte de los gaviotos. 

E. D.: ¿Tiene idea de por qué se hizo eso?

H.: Si hubiese una justificación, no le pondría este caso como ejemplo de gente a la que se le va la pinza.

E. D.: ¿Me asegura usted de que ese caso ejemplifica una ida de pinza?

H.: ¡Absoluta y claramente!

E. D.: Después le comentaré algo. Pero me temo que me acaba de dar usted respuesta a la pregunta con la que comencé nuestro encuentro. Pero lo haré después. Cuénteme el segundo caso de que me habló.

H.: Es igual de estremecedor. Espero que no le revuelva las tripas.

E. D.: ¡Oh, por favor! Nada podría conseguir eso en mí. (Sonriendo). No es porque yo sea fuerte o de una naturaleza especial, es porque, digamos, no soy de este mundo.

H.: Expresiones como esa a veces son síntoma de una ida de pinza.

E. D.: Salvo que se pueda demostrar lo extramundano del individuo queprofiere la afirmación.

H.: En eso estoy de acuerdo.

E. D.: El ejemplo, por favor.

H.: Verá. En la comarca de Montehueco, en el límite entre Toledo y Ceuta, está el desierto de Hilfínhitler. ¿Ha oído hablar de él?

E. D.: Se puede decir que nací allí.

H.: ¡Vaya! Ya es casualidad. Entonces quizás conozca esta historia de descomunal ida de pinza.

E. D.: Quiero oírsela contar.

H.: Un verano varias familias se encontraron con un problema. Querían irse de vacaciones, ¡lo necesitaban!, pero no podían llevar a sus familiares ancianos con ellos, ni querían dejarlos en residencias. Así que decidieron hacer algo. Les prometieron una gran fiesta homenaje en el Día de la Beatífica Ancianidad (esa fiesta es la que da inicio a las vacaciones). Dijeron que les llevarían a un lugar especial y que era un secreto. El lugar no era otro que el mismo centro de Hilfínhitler, despoblado en 30 kilómetros a la redonda. La semana anterior a lo que le voy a narrar, prepararon unos chiringuitos para servir comidas y bebidas y para montar atracciones. El día del homenaje, llevaron a los ancianos en sus cochazos y en sus todoterrenos hasta el mismísimo centro geográfico del desierto de Hilfínhitler. Los hombres iban ataviados con camisas en las que iba bordada en la parte izquierda una rosa y en el antebrazo derecho un ave que no podría yo determinar. Las mujeres vestían blusas con los mismos detalles ornamentales. ¡Tenía  usted que haber visto las caras de los abuelitos! ¡Llenas de entusiasmo! ¡Eran como niños ante un escaparate de regalos y golosinas! En los chiringuitos había de todo: marisco, ibéricos, viandas, pescados. Además todo tipo de bebidas podían verse en aquellos tenderetes. Habían instalado un escenario en el que sonaba música de todo tipo, aunque sobre ese escenario no actuó ningún grupo -todo era música enlatada-.
El día fue un día feliz y lleno de risas y cánticos.

E. D.: No veo yo que ahí se le fuera la pinza a nadie. Más bien, todo lo contrario.

H.: Disculpe, Satán, he hablado del día, no de la noche. 

E. D.: Discúlpeme usted por haberle interrumpido.

H.: No pasa nada. Además, me da repelús contarle cómo terminó el día. O, mejor dicho, cómo amaneció el siguiente día. Por la noche, cuando los ancianos estaban profundamente dormidos, los familiares cogieron los vehículos y se fueron de allí. Como intuían que el ruido de los coches podría despertar a alguno, se fueron cerciorando de que todos los que se iban a quedar tomaran en su bebida un potente ansiolítico que les dejara grogui hasta el amanecer. 

E. D.: ¿Les abandonaron?

H.: Por la mañana, cuando comenzaron a desperezarse los ancianos, vieron que no había nadie allí. Estaban a treinta kilómetros del primer lugar habitado. Allí no quedaba ya comida ni bebida alguna. Estaban solos con el Sol. Ni siquiera los buitres ni las gaviotas se atreverían a visitar el mismísimo centro de Hilfínhitler. 

E. D.: Es de suponer que morirían todos.

H.: No hay constancia de lo contrario.

E. D.: Murieron todos.

H.: Ya le digo, no hay prueba en contra.

E. D.: Pero yo sé qué murieron todos. Yo les vi morir y yo les vi muertos.

H.: Me parece que ahora se le está yendo la pinza.

E. D.: Por lo que usted me ha contado, creo que tengo la respuesta a la pregunta que le hice. Sí, se me fue hace mucho. ¡Qué se le va a hacer! Pero no crea que le estoy mintiendo. ¡En absoluto! ¿Ha oído usted hablar de la serpiente lúbrica?

H.: Sí... hay muchas en Hilfínhitler y en Ricapeste.

E. D.: Así es. Y, aunque no me crea, porque usted es una persona de esas a las que me parece que nunca se le va la pinza, yo soy una de esas serpientes. Más aún, soy la más vieja de todas esas serpientes aunque me vea de esta forma.

H.: (Asombrado) ¡Ya! Sí, ¡ya! (Sonríe confuso).

E. D.: (Después de una gran carcajada, saca otra gran copa de cerveza de la manga. Es una cerveza de color púrpura) Tenga, se merece otra, totalmente gratuita. Me ha sido usted de una gran ayuda. ¿Me acepta esta cerveza? (Él bebe un trago de otra que se ha sacado para él de la otra manga).

H.: Se la acepto. Pero, por favor, no delire.

E. D.: (Entre carcajadas) ¡Usted jamás se creería que yo era una de las serpientes que consumió a los ancianos y que no dejó huella del centenar de niños calcinados!

H.: Que un hombre se convierta en serpiente, ya solo eso, es algo que, salvo en sentido metafórico, ningún ser humano racional se puede tomar mínimamente en serio. (Bebe un gran trago de la cerveza que le ha servido Satán).

E. D.: ¡Efectivamente! ¡Efectivamente!

H.: ¡Impresionante el sabor de esta cerveza! ¡Exquisita! Nunca probé una igual.

E. D.: Está hecha de los mejores ingredientes.

H.: ¡Muy rica! (Se echa otro trago).

E. D.: Ayudaron a elaborar esa cerveza muchos hombres.

H.: ¿Que quiere decir? (Da señales de una leve ebriedad).

E. D.: Que esa tonalidad de la cerveza, ese sabor, esa frescura... Todo eso lo dan los ingredientes.

H.: ¿Una levadura o una malta especial? (La ebriedad crece).

E. D.:Es la sangre, Don Miguel, la sangre de ancianos y niños que ya no están y que yo maceré en mi vientre.

H.: (Sin casi prestar atención a las palabras de Satán): ¡El esfuerzo de la elaboración! Pero... ¿muchos niños?

E. D.: Cien.

H.: ¿Y ancianos?

E. D.: Ciento once ancianos que estorbaban a sus desalmadas familias.

H.: (Se ha terminado la cerveza) No me encuentro bien, señor Satán.

E. D.: ¿Sabe? Esta cerveza pega sólo al principio. Si después se toma otra, el cuerpo se estabiliza. Digamos que "se recupera la pinza". (Le ofrece otra cerveza que se saca de la manga).

H.: No sé si debería. (Mostrando aturdimiento). Deme, deme. Es tan exquisita. ¡Está buenísima!

E. D.: En Ricapeste y en Hilfínhitler se fabrica la cerveza mejor del mundo, Don Miguel, la mejor. No le quepa duda.

H.: ¡Brindo por esos lugares!

E. D.: ¡Don Miguel! ¡Qué barbaridad! (Carcajadas). ¡Acabará yéndosele la pinza, amigo mío!

H.: ¿Qué hizo con aquella gente? (Está totalmente ebrio, pero poco a poco cobra una serenidad hipnótica, como si algo hubiese tomado posesión de él).

E. D.: No imagina usted cuánto puede caber en el cuerpo de una serpiente. En El Principito cabía un elefante y en los documentales de la 2 un Ñu.

H.: Dicen que no quedó huella de aquello.

E. D.: Sí, esta cerveza. Esta cerveza es la huella.

H.: ¡Bendita huella!

E. D.: ¡Oh, Don Miguel! ¡Si le oyeran! Menos mal que estamos los dos solos.

H.: ¡Es usted el mismísimo demonio! Jijiji.

E. D.: Así es. Sin metáfora que dulcifique el hecho, Don Miguel.

H.: Llámame "hombre", es más cercano.

E. D.: De acuerdo, hombre.

H.: ¡Eso! (Ríe y, de repente, deja de reír). No se puede permitir que haya ancianos que molesten en unas vacaciones.

E. D.: Ni se puede ni se debe permitir.

H.: Ni se puede permitir una generación de niños o adolescentes que no estén plenos de vitalidad, de salud y de cualidades.

E. D.: Ni se puede ni se debe permitir. Para eso están las piscinas.

H.: Para eso están las piscinas.

E. D.: Y para ese mundo mejor tienen que caer muchas pinzas; porque esas pinzas dañan el cerebro, lo reprimen, lo limitan... ¡Le impiden ver el necesario horror de un mundo feliz!

H.: ¡Que ardan las pinzas! ¡Que se rebasen los límites! Que la libertad de la felicidad exprima la insana igualdad.

E. D.: Se te ha ido la pinza, hombre.

H.: Por eso ya no soy un hombre.

E. D.: Eres un hombre sin pinza. Solo eso. 

(En el fondo del escenario se ve cómo El Demonio con forma humana se va convirtiendo en serpiente. La serpiente abre la boca y devora a Don Miguel, el hombre. Después, con el hombre en su barriga, se ve salir a la sombra del escenario).

Fin.

Segundo Acto: "Sin pinza". +18 años.

[Permanece el mismo fondo de escenario. Sobre las tablas una mesa con forma de serpiente que se muerde la cola. Un círculo de velas verdes encendidas rodea a los protagonistas].

E. D.: ¿Es usted santo?

H:: Que yo sepa no. Aunque algunos me besan los pies, pero son fetichistas, no beatos.

E. D.: Hay cierta beatitud en el fetichismo.

H.: Y cierto fetichismo en la beatitud.

E. D.: [Con mirada inquisitiva] ¡Cierto, cierto!

H.: ¿Le muestro más ejemplos de qué significa que a alguien se le vaya la pinza?

E. D.: ¡Oh, sí, sí, sí, sí! Por favor, si es usted tan amable, Don Miguel.

H.: No me molesta. Verá. Cuando a alguien se le va la pinza construye unos edificios de piedra o de plástico a los que da el nombre de "iglesias". En esos edificios se cocinan pastas que contienen a Dios.

E. D.: Un caso grave.

H.: ¡Y muy habitual!

E. D.: ¡Qué obscenidad!

H.: Hay casos más flagrantes.

E. D.: ¡Cuente, cuente!

H.: Hay gente que come con su perro sentado a la mesa y todos los comensales comparten (¡deben compartir!) el mismo bocado, siendo finalmente el perro el que ingiere el bocado que ha pasado por las fauces de los demás.

E. D.: ¡Brutal ida de pinza!

H.: ¡Y más común de lo que parece! He visto morir a perros por verse obligados a admitir la comida de todos los comensales, a pesar de haber sido masticada suficientemente por todos los asistentes.

E. D.: ¡Brutal ida de pinza!... ¿Hay algún caso más que le haya asombrado especialmente?

H.: [Termina la cerveza] Dos casos. Dos en especial. ¡Muy fuertes!

E. D.: Le escucho con el infierno en un puño.

Telón.

Primer acto: "Sin pinza". + 18 años.

[Escenario vacío. En la pared del fondo una proyección con una urna funeraria y una botella de cerveza extranjera. Dos hombres sobre las tablas. Uno gordo y bajo, otro alto y esbelto. No importa cómo estén vestidos, siempre que vayan vestidos de distinto modo. El Diablo se encuentra con El Hombre y comienza a hablar sin presentación alguna.]

El Diablo: Disculpe, señor. Dice alguien que se me ha ido la pinza. ¿Qué piensa usted?

Hombre: No le conozco lo suficiente para responder.

E. D.: Desconfío de los hombres. De todos los hombres. Incluso desconfío de usted.

H.: Hace bien. Yo también desconfío del hombre. De un modo absoluto.

E. D.: ¿No significa eso que se le va a uno la pinza?

H.: Si así fuese, a los dos se nos habría ido la supuesta pinza.

E. D.: ¿Qué puede uno hacer si desconfía?

H.: Si la ley lo permite, acabar con el sujeto del que se desconfía.

E. D.: ¿Y si la ley es injusta y ampara a aquellos de quienes se desconfía?

H.: En ese caso, ¡y solo en ese caso!, habría que convivir con la bacteria.

E. D.: ¡Qué indigesto!

H.: ¡Y doloroso! Pero la ley es la ley y proviene de Dios. Y Dios es el que es.

E. D.: ¡Dios! ¿Ese es el que nunca se equivoca?

H.: ¡Nunca! Así lo ha decidido el hombre.

E. D.: Yo no lo he decidido así.

H.: Entonces no es usted un hombre. Aunque se le haya ido la pinza, no es un hombre. No lo es. Tenga usted por cierto y seguro que no es un hombre. No lo es. No lo es.

E. D.: También es verdad. Un hombre no soy. Pero lo humano no me es ajeno. Por cierto, ¿le apetece tomar algo? ¿Una cerveza? ¿Un cráneo?

H.: No acepto invitaciones de desconocidos de los que desconfío.

E. D.: Me presento. Soy actor. Represento al diablo. Usted aún no tiene nombre y me apetece invitarle.

H.: Le aceptaría una cerveza, si mi alma no se viera envuelta en ningún riesgo. 

E. D.: Señor, eso del "alma" carece de entidad. ¿Me está hablando metafóricamente?

H.: Le hablo como si fuera usted el mismísimo demonio y no una representación.

E. D. [Sonriendo a carcajadas]: No tema. Aunque el "alma" existiera, no la vincularía a esta refrescante cerveza que gratuitamente le ofrezo. 
[Le ofrece una cerveza que se saca de la manga].

H. [Tomando la cerveza y acercándola a los labios]: ¡Exquisita! ¡Diabólicamente exquisita!

E. D.: Como solo un hombre merece.

H.: Le agradezco. [El hombre termina la cerveza y suspira aliviado]

E. D.: Volviendo al asunto. ¿Cree usted que se me ha ido la pinza?

H.: En lo poco que llevo tratado con usted no estaría en disposición de afirmarlo con absoluta certeza.

E. D.: ¿En qué nota usted que a alguien se le ha ido la pinza?

H.: Hay muchos síntomas. Sería largo enumerarlos.

E. D.: Dígame solo algunos a modo de ejemplo.

H.: Pues... [Vacila, duda y mira hacia el interior de su cabeza como si tratase de retomar recuerdos]. Cuando a alguien se le va la pinza muerde los tobillos de sus semejantes. Se desnuda cuando hace frío. Camina a solas por los parques y cree que camina por cementerios. ¡Ah, sí! Cuando a alguien se le va la pinza suele hablar de la redención de los sapos cuando llegue la cosecha. Esos serían unos ejemplos.

E. D.: ¿Puede usted darme más ejemplos, señor?

H.: ¿Me podría dar antes otra cerveza? Tengo sed.

E. D.: ¡Por favor! ¡Habérmelo dicho antes! ¡Tenga! [Se saca otra cerveza de la manga y la ofrece al hombre].

H.: [Da un trago largo a la cerveza]. Pues... veamos... alguien sin pinza muerde la almohada de su cama y se traga lo que ésta lleve dentro. También le quita la carcasa al ventilador e intenta amputarse la mano izquierda. ¡Ojo! No la derecha, sino la izquierda. Los que se amputan la mano derecha todavía poseen un ápice de cordura. Además, los "sin pinza" beben más de diez litros de agua en un día lunar.

E. D.: ¡Increíble! ¡Cuántas cosas conoce usted! ¡Es todo un erudito!

H.: ¡Oh, no! No es cosa de erudición. Últimamente se ven muchos casos de gente a la que se le va la pinza; de ahí que no sea difícil expresar ejemplos, caballero. 

E. D.: ¡Por favor, no me llame caballero! Ahora sí ha llegado el momento de las presentaciones. Me llamo Satán. Disculpe que no me haya presentado como es debido.

H.: Yo me llamo Miguel. Se puede decir que con esto nos hemos presentado formalmente.

[Ambos se dirigen al público. El Diablo señala al Hombre y dice que es Don Miguel. El Hombre señala al Diablo y dice que es Satán. Vuelven a dialogar].

Telón.

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