Tercer acto:"Sin pinza". +18 años.
[La misma escena que en el segundo acto, pero con un añadido. Debajo de la presentaciòn de la urna funeraria y la cerveza extranjera, un desierto en la mitad derecha del frontal y una piscina de noche en la mitad izquierda del frontal]
Hombre: ¡Bien! Estos dos casos que le voy a contar le pueden parecer estremecedores. Pero ejemplifican como pocos eso por lo que usted me pregunta. A quienes intervinieron en lo que le voy a relatar sí que se les fue la pinza.
El Diablo: Ando sobre ascuas.
H.: Pues bien, el primer caso tuvo lugar en Ricapeste, un poblado que se encuentra en el límite entre Madrid y Villalacoste.
E. D.: Lo conozco. He estado allí.
H.: En ese lugar se reunieron varios hombres que, al decir de muchos, eran hombres de negocios. Vestían trajes azul marino y gris marengo; y todos ellos llevaban pegadas a sus espaldas unas alas de gaviota. Se reunieron una tarde, cercano ya el crepúsculo, alrededor de una especie de piscina de plástico. En la piscina había más de un centenar de niños amordazados y maniatados aguardando algo de aquellos hombres. Justo en el momento de ponerse el sol cada uno de aquellos trajeados vació un contenedor de gasolina en la piscina. El número de hombres era un centenar justo. Así pues, cien bidones de gasolina se vaciaron en aquel depósito. Cuando la oscuridad ya era palpable, encendió cada uno una cerilla y la lanzó a la pileta en la que se encontraban los pequeños. La llama fue infinita. Apenas cinco minutos de alaridos por parte de las víctimas y media hora de gritos orgiásticos por parte de los gaviotos.
E. D.: ¿Tiene idea de por qué se hizo eso?
H.: Si hubiese una justificación, no le pondría este caso como ejemplo de gente a la que se le va la pinza.
E. D.: ¿Me asegura usted de que ese caso ejemplifica una ida de pinza?
H.: ¡Absoluta y claramente!
E. D.: Después le comentaré algo. Pero me temo que me acaba de dar usted respuesta a la pregunta con la que comencé nuestro encuentro. Pero lo haré después. Cuénteme el segundo caso de que me habló.
H.: Es igual de estremecedor. Espero que no le revuelva las tripas.
E. D.: ¡Oh, por favor! Nada podría conseguir eso en mí. (Sonriendo). No es porque yo sea fuerte o de una naturaleza especial, es porque, digamos, no soy de este mundo.
H.: Expresiones como esa a veces son síntoma de una ida de pinza.
E. D.: Salvo que se pueda demostrar lo extramundano del individuo queprofiere la afirmación.
H.: En eso estoy de acuerdo.
E. D.: El ejemplo, por favor.
H.: Verá. En la comarca de Montehueco, en el límite entre Toledo y Ceuta, está el desierto de Hilfínhitler. ¿Ha oído hablar de él?
E. D.: Se puede decir que nací allí.
H.: ¡Vaya! Ya es casualidad. Entonces quizás conozca esta historia de descomunal ida de pinza.
E. D.: Quiero oírsela contar.
H.: Un verano varias familias se encontraron con un problema. Querían irse de vacaciones, ¡lo necesitaban!, pero no podían llevar a sus familiares ancianos con ellos, ni querían dejarlos en residencias. Así que decidieron hacer algo. Les prometieron una gran fiesta homenaje en el Día de la Beatífica Ancianidad (esa fiesta es la que da inicio a las vacaciones). Dijeron que les llevarían a un lugar especial y que era un secreto. El lugar no era otro que el mismo centro de Hilfínhitler, despoblado en 30 kilómetros a la redonda. La semana anterior a lo que le voy a narrar, prepararon unos chiringuitos para servir comidas y bebidas y para montar atracciones. El día del homenaje, llevaron a los ancianos en sus cochazos y en sus todoterrenos hasta el mismísimo centro geográfico del desierto de Hilfínhitler. Los hombres iban ataviados con camisas en las que iba bordada en la parte izquierda una rosa y en el antebrazo derecho un ave que no podría yo determinar. Las mujeres vestían blusas con los mismos detalles ornamentales. ¡Tenía usted que haber visto las caras de los abuelitos! ¡Llenas de entusiasmo! ¡Eran como niños ante un escaparate de regalos y golosinas! En los chiringuitos había de todo: marisco, ibéricos, viandas, pescados. Además todo tipo de bebidas podían verse en aquellos tenderetes. Habían instalado un escenario en el que sonaba música de todo tipo, aunque sobre ese escenario no actuó ningún grupo -todo era música enlatada-.
El día fue un día feliz y lleno de risas y cánticos.
E. D.: No veo yo que ahí se le fuera la pinza a nadie. Más bien, todo lo contrario.
H.: Disculpe, Satán, he hablado del día, no de la noche.
E. D.: Discúlpeme usted por haberle interrumpido.
H.: No pasa nada. Además, me da repelús contarle cómo terminó el día. O, mejor dicho, cómo amaneció el siguiente día. Por la noche, cuando los ancianos estaban profundamente dormidos, los familiares cogieron los vehículos y se fueron de allí. Como intuían que el ruido de los coches podría despertar a alguno, se fueron cerciorando de que todos los que se iban a quedar tomaran en su bebida un potente ansiolítico que les dejara grogui hasta el amanecer.
E. D.: ¿Les abandonaron?
H.: Por la mañana, cuando comenzaron a desperezarse los ancianos, vieron que no había nadie allí. Estaban a treinta kilómetros del primer lugar habitado. Allí no quedaba ya comida ni bebida alguna. Estaban solos con el Sol. Ni siquiera los buitres ni las gaviotas se atreverían a visitar el mismísimo centro de Hilfínhitler.
E. D.: Es de suponer que morirían todos.
H.: No hay constancia de lo contrario.
E. D.: Murieron todos.
H.: Ya le digo, no hay prueba en contra.
E. D.: Pero yo sé qué murieron todos. Yo les vi morir y yo les vi muertos.
H.: Me parece que ahora se le está yendo la pinza.
E. D.: Por lo que usted me ha contado, creo que tengo la respuesta a la pregunta que le hice. Sí, se me fue hace mucho. ¡Qué se le va a hacer! Pero no crea que le estoy mintiendo. ¡En absoluto! ¿Ha oído usted hablar de la serpiente lúbrica?
H.: Sí... hay muchas en Hilfínhitler y en Ricapeste.
E. D.: Así es. Y, aunque no me crea, porque usted es una persona de esas a las que me parece que nunca se le va la pinza, yo soy una de esas serpientes. Más aún, soy la más vieja de todas esas serpientes aunque me vea de esta forma.
H.: (Asombrado) ¡Ya! Sí, ¡ya! (Sonríe confuso).
E. D.: (Después de una gran carcajada, saca otra gran copa de cerveza de la manga. Es una cerveza de color púrpura) Tenga, se merece otra, totalmente gratuita. Me ha sido usted de una gran ayuda. ¿Me acepta esta cerveza? (Él bebe un trago de otra que se ha sacado para él de la otra manga).
H.: Se la acepto. Pero, por favor, no delire.
E. D.: (Entre carcajadas) ¡Usted jamás se creería que yo era una de las serpientes que consumió a los ancianos y que no dejó huella del centenar de niños calcinados!
H.: Que un hombre se convierta en serpiente, ya solo eso, es algo que, salvo en sentido metafórico, ningún ser humano racional se puede tomar mínimamente en serio. (Bebe un gran trago de la cerveza que le ha servido Satán).
E. D.: ¡Efectivamente! ¡Efectivamente!
H.: ¡Impresionante el sabor de esta cerveza! ¡Exquisita! Nunca probé una igual.
E. D.: Está hecha de los mejores ingredientes.
H.: ¡Muy rica! (Se echa otro trago).
E. D.: Ayudaron a elaborar esa cerveza muchos hombres.
H.: ¿Que quiere decir? (Da señales de una leve ebriedad).
E. D.: Que esa tonalidad de la cerveza, ese sabor, esa frescura... Todo eso lo dan los ingredientes.
H.: ¿Una levadura o una malta especial? (La ebriedad crece).
E. D.:Es la sangre, Don Miguel, la sangre de ancianos y niños que ya no están y que yo maceré en mi vientre.
H.: (Sin casi prestar atención a las palabras de Satán): ¡El esfuerzo de la elaboración! Pero... ¿muchos niños?
E. D.: Cien.
H.: ¿Y ancianos?
E. D.: Ciento once ancianos que estorbaban a sus desalmadas familias.
H.: (Se ha terminado la cerveza) No me encuentro bien, señor Satán.
E. D.: ¿Sabe? Esta cerveza pega sólo al principio. Si después se toma otra, el cuerpo se estabiliza. Digamos que "se recupera la pinza". (Le ofrece otra cerveza que se saca de la manga).
H.: No sé si debería. (Mostrando aturdimiento). Deme, deme. Es tan exquisita. ¡Está buenísima!
E. D.: En Ricapeste y en Hilfínhitler se fabrica la cerveza mejor del mundo, Don Miguel, la mejor. No le quepa duda.
H.: ¡Brindo por esos lugares!
E. D.: ¡Don Miguel! ¡Qué barbaridad! (Carcajadas). ¡Acabará yéndosele la pinza, amigo mío!
H.: ¿Qué hizo con aquella gente? (Está totalmente ebrio, pero poco a poco cobra una serenidad hipnótica, como si algo hubiese tomado posesión de él).
E. D.: No imagina usted cuánto puede caber en el cuerpo de una serpiente. En El Principito cabía un elefante y en los documentales de la 2 un Ñu.
H.: Dicen que no quedó huella de aquello.
E. D.: Sí, esta cerveza. Esta cerveza es la huella.
H.: ¡Bendita huella!
E. D.: ¡Oh, Don Miguel! ¡Si le oyeran! Menos mal que estamos los dos solos.
H.: ¡Es usted el mismísimo demonio! Jijiji.
E. D.: Así es. Sin metáfora que dulcifique el hecho, Don Miguel.
H.: Llámame "hombre", es más cercano.
E. D.: De acuerdo, hombre.
H.: ¡Eso! (Ríe y, de repente, deja de reír). No se puede permitir que haya ancianos que molesten en unas vacaciones.
E. D.: Ni se puede ni se debe permitir.
H.: Ni se puede permitir una generación de niños o adolescentes que no estén plenos de vitalidad, de salud y de cualidades.
E. D.: Ni se puede ni se debe permitir. Para eso están las piscinas.
H.: Para eso están las piscinas.
E. D.: Y para ese mundo mejor tienen que caer muchas pinzas; porque esas pinzas dañan el cerebro, lo reprimen, lo limitan... ¡Le impiden ver el necesario horror de un mundo feliz!
H.: ¡Que ardan las pinzas! ¡Que se rebasen los límites! Que la libertad de la felicidad exprima la insana igualdad.
E. D.: Se te ha ido la pinza, hombre.
H.: Por eso ya no soy un hombre.
E. D.: Eres un hombre sin pinza. Solo eso.
(En el fondo del escenario se ve cómo El Demonio con forma humana se va convirtiendo en serpiente. La serpiente abre la boca y devora a Don Miguel, el hombre. Después, con el hombre en su barriga, se ve salir a la sombra del escenario).
Fin.

1 comentarios:
¡ Bravo !
Plas, Plas, Plas
Ahora bien, ¿los actos de crueldad demoníaca son una ida de olla o preferimos pensar que lo son para no admitir que esa crueldad es consustancial a nosotros, al menos en potencia?
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