27.8.15

El corazón bajo las campanas y las voces calladas. Cada respiración frente a ti o a tu espalda ha contaminado de vida la tierra. Si hay un cementerio viviente devolverá el fruto debido a los vivos. Una regla de cenizas y polvo sobre el papel de una sábana testimonia la herencia recibida. El cielo de la vida no ve la luz saliendo de las paredes de un coño. La oscuridad de la muerte no es acabar en la tierra. Un círculo de luz negra abre las puertas. Estar por encima es ignorar.
Tambores. Miro dentro de mí. No hay suficientes muertos. No hay ningún inocente. Estas son las profecías. Tú dices que yo debo afrontar mi propia defensa. Tú dices que estoy perdido hasta más allá de la locura, hasta el origen de la razón. Tú dices que soy hijo de los magos y de las putas. Tú dices que hay monstruos pintados en las paredes de mis pechos. Tú dices y dices, y no dejas de decir hasta que te arrebaten la oportunidad. Y este es el momento.
Yo digo que aúllo y caes por ello. Heráclito no era oscuro y Bartleby era un presuntuoso. Joyce y Eliot gustaban de cubrir seminalmente sus cuerpos mutuamente, poseídos de la única verdad de no ser entendidos por los necios. Minados por la masa se convirtieron en luz. Ahora los clavos de la palabra son de espuma y yo soy la oscuridad. Las piezas del puzzle caen sobre cada cabeza como alfileres de punta oxidada. En las paredes de la profecía hay medias de seda pegadas y cada media está manchada de ocio.
Basta un toque de maldad para descubrir la mentira -que no el engaño- de toda inocencia. ¡Y cuánto se lucha por mantener una mentira! En la noche es más fácil padecer un toque de maldad: y entonces ningún inocente amanece después de ello. La inocencia es un paquete de velos envuelto en papel de regalo con cinta de serpiente; pero de esto no te das cuenta hasta que lo has abierto y comprendido qué es un velo.

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