Jefe. GS.
Tú crees en ti. Tú tienes fe. Tú crees. Yo no creo en ti. Yo no tengo fe. Yo veo, escucho y luego, cuando estoy solo -es decir, el resto del tiempo- repaso lo que he visto y lo que he oído. Por eso, después de muchas vueltas, para no caer en la falta de análisis, puedo decir que no creo en ti. Y es más, puedo no creer en ti. Porque tú no ofreces fe. Tú eres una parte más, una parte que no se diferencia de las otras partes; salvo por una nota, por una mala cualidad: la de que te pertenecen, simbólicamente, el resto de las partes. Pero un símbolo no es nada sin la realidad que representa o señala. Tú crees en ti. Tú crees en lo que no ves. Quien no ve cómo le ven, sólo puede tener fe en sí mismo, pero nada más; nada más que eso: fe, creer sin haber visto y sin haber oído; y sin ni siquiera tener indicios de lo que oye y de lo que ve. Crees en ti y no eres nadie, porque nadie lo dice. No eres nadie, porque nadie lo dice. Tienes la palabra fácil cuando acompaña la mueca del desdén; sin embargo, de ese desdén los otros ofrecen compasión. "Compasión" es el nombre de la dádiva miserable, de la dádiva para inútiles, para imbéciles. Tú crees en ti, en alguien débil, en alguien del que se compadece aquél que no necesita la fe. Crees en ti como se puede creer que el universo es infinito; pero no has dado ni un paso, ni un solo paso, para comprobar el error en el que estás. Tú crees en ti; pero de ti nadie depende si es real. Y para ser real sólo basta estar solo.

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