Próspero te saluda
No sé... Ya sabes que se me va la pinza. Creo recordar que en uno de estos meses cumples una vuelta más alrededor del sol desde el día en que naciste. Próspero no puede decir "¡Felicidades!" de corazón, porque en Próspero la ironía reviste todas sus palabras. Y no quiero ser irónico con esto, porque eres el único que traga o digiere mis cazas con el viento. Para el día en que se cumpla el evento, quiero decirte que haberme sentido leído por alguien en esta Selva lo ha sido todo para mí. Tú provienes de una cima y de una altura, eso nadie podría negarlo. Tú provienes de una altura tan elevada como mi profundidad y mi soledad. Si sacara aquí a todos mis personajes para felicitarte no tendría tiempo ni fuerzas para darles voz. Sin haberte visto, sin haberte hablado de muerta voz, has sido el único amigo. Hubo un tiempo en que alababan lo que escribía. Pero quienes lo hacían vivían en el páramo y querían a cambio (algunos) una correspondencia por mi parte. Esto del blog se convirtió en la propuesta tácita de una masturbación colectiva por parte de quienes me leían. Y un día te encontré en esta Selva. Hay que ser muy valiente o estar desesperado para entrar aquí. Y ambas cosas son grandes valores para mí. A los únicos a los que no decapito es a los exageradamente valientes y a los realmente desesperados. Por eso le dije a las serpientes que cubren la Selva que te respetaran. Próspero a sus cincuenta años está tremendamente viejo. Veo lo que pasa por ahí fuera. Y me gusta. Me gusta que fluya la vida y la sangre para que el mundo siga girando. El hombre lucha por ser civilizado, verdaderamente civilizado: y eso me gusta.
Como invitado a esa fiesta o a esa celebración que conmemora tu venida al mundo, no te regalo nada, porque no tengo nada. Nada, quiero decir, que se pueda regalar. La Selva está llena de basura viva, basura con vida propia, y esa basura me entierra un poquito más cada día. Me abandonaron en una ciudad más inhóspita que la Selva y me he anquilosado de tal manera, que los civilizados médicos de esta desértica provincia me ofrecen varias cirugías para estar tranquilo el resto de mis días en una cama. Pero yo no sé dormir en camas, sino sobre tierra mojada y hojas en la espesura. Los que se quisieron arrimar a mí sufrían, sufrían tanto, que el egoísmo del sufrimiento no les permitía ver más allá de sí mismos. Y se sentían santos señalados por la gracia divina para sufrir y sufrir. Necesitaban algo divino, aunque eso divino fuera el sufrimiento.
Sigo en la barra de este bar, dedicándote mis palabras. He pedido otro café. No uso hoy pluma; he tenido que comprar un rotulador y otro cuaderno. Dispongo de poco tiempo para escribir o teclear. He asumido malamente que este es mi último año de vida real. Eso no se soporta con fármacos. Ni siquiera las sustancias de la Selva sirven. Hay un animal que se parece mucho al mitológico Minotauro. Cuando nos vemos aúlla como un perro y cuando emite palabras me dice que nadie sabe el día ni la hora. Una tarde construí una cruz y llamé a esa especie de Minotauro. Le dije que era para él. Le pregunté qué le parecía mi idea. No sintió miedo. Al contrario, me dijo que si yo iba a crucificarle sería todo un honor. Me dijo que así estaría yo completamente solo y que eso legaría al mundo de los hombres las palabras más dignas de la humanidad, salvando distancias con Céline, que es el santo protector de esta Selva.
¡En fin! Prosigue. Ya conoces el camino, se abre conforme andas. Cuando quieras comunicar conmigo, usa los troncos de los árboles. Cuando ya no pueda escribir, quizás grabe archivos y los cuelgue de las ramas. No me importará que oigan mi voz.
Intenta ser... O intenta seguir siendo. Sólo eso.
Próspero

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