La Selva de Próspero

Sapere aude!

29.3.16

El tema es la muerte.
Usted, tú... Ambos os pensáis "después de"; y ahí no hay pensamiento. Lo veo mientras mi madre muere en una residencia de Madrid y comprobando cómo la miseria se ha comido a mi padre. Ambos, padre y madre, sin lo básico para vivir o morir. No exagero, si exagerara sería un delito contra el destino. La miseria, la absoluta penuria: suciedad, hambre, enfermedades, descomposición no son fáciles de tolerar, por algunos, a no ser que el hecho de la ausencia segura ponga fin a lo que vive y se tenga conciencia de ello.
Un capilar revienta, un filamento se quema, una tripa arde y entonces aparece la máquina. Se acabaron las exaltaciones. Usted, tú... ambos veis en estas letras lo mismo, en el fondo y en la forma; con más o menos experiencias o conocimientos, con más o menos actitud: en eso está una de las raíces del tedio. Elementos de un conjunto, tú, usted, yo... los que quepamos. ¿Y? Pues que así, uno, dos, tres... números, números, series, la cosa no importa. ¡A ver! Que te puedes meter en un hospital y besar a un enfermo sin preguntar qué muerte tiene. Ya no hay escrúpulo, prevención, pudor, barrera o temor: los muertos visitan a los muertos. Cada vez que veo los efectos en el rostro, en la piel, en el olor a orín, en la medida de los orines... hay un cansancio en el muerto que asiste al muerto. Crees en una estructura, porque la ves, porque ves esa estructura; y ahí, en eso que ves y crees desapareces como individuo. Bruce Springsteen, Sócrates, París, la mascota... No son distintos, su arte es lo que el fármaco inyectado en el suero precipite. Son lo que fluye en los capilares que se obstruyen. 
Las palabras paraguas te las han dicho siempre, en todas partes, por todos los medios: aprovecha, disfruta... Imperativos mantra, palabras paraguas... Veréis, tú, usted, vosotros, quien sea: Estoy muy cansado, no pinto nada, Tan miserable como quienes me engendraron, no puedo pedir obras de misericordia. Terminaré pidiendo dinero para comprar un orinal. Un orinal, una toalla, ropas gruesas... eso pediré. Usted, tú, ambos... en mi demencia... me enseñaréis un billete de muchos euros y no sabré qué pueden comprar. Antes sí, antes el sueño, la posibilidad, el quizás me alteraban y hacían creíble que alguien, sin más ni más, en acto de fortuna, te diera ese billete para cosas que sí estaban en alguna parte como deseo o necesidad. Aquí no. A los pies de cuerpos en los que el ensañamiento terapéutico te muestra evidencias -no evidencias "de algo", sino evidencias que tu estructura transforma en lo que sea- ya ni hablas, ni piensas en los euros. Un muerto se adapta a un muerto muriendo. 
Miro a Oriente aunque haya caído la noche. La morfina lee en las venas los textos sagrados y le dice al cerebro lo que no está escrito. Empatizas con el cáncer a través del paliativo, con la esclerosis a través del láudano y con el cerebro necrosado a través del opiáceo. No es sugestión. Elevas la temperatura de la angustia hasta coger el Libro Sagrado sin pensar, porque es lo que toca. 
A ti, a usted, a ambos... ¿Cómo decir lo que es silencio y está tan lleno? ¿Para qué decirlo? Preguntas retóricas, preguntas que no lo son. Pero a ambos os interpelo, porque estoy cansado, porque ante el miedo me arrojo al peligro cierto. ¿Me entendéis? Quiero besar al capellán y dejar mis lágrimas en su rostro, ahumar sus lentes, oír su silencio y su suspiro, abrazarme a él y que la sacristía esté en penumbra. Así podría ser la muerte, pero no lo es y no lo sabemos. Y usted no lo sabe; y tú no lo sabes: ambos no lo sabéis. Hay que merar la sangre y el fármaco para no saber como no sabe un muerto. Se aprende a calabriar los humores y convertirlos en flema o en orín pernoctando junto a los que han sido necrosados parcialmente.
Hay muchas palabras y una sola impotencia.




20.3.16

¡Bueno! Creo que ya está dicho todo. Ahora, el protocolo de la muerte.

10.3.16

Un demenciado cuya dislexia produce titulares en los medios; un candidato cuyo partido procede con la lealtad de los reyes godos; un aspirante mesiánico con delirios de grandeza; un Roberto Alcázar que quiere perpetuar los tiempos en que esta publicación se forjó; y una multitud de ratones que quieren poner un cascabel al gato: este es el horizonte. Mientras, el cabeza visible de esta frenopática piel de toro viste bien, es alto y guapo y da ánimos a los que huelen a podrido, como un demenciado más.

Salgamos.

9.3.16

"Como preveo que dentro de poco tendré que dirigirme a la humanidad presentándole la más grave exigencia que jamás se le ha hecho, me parece indispensable decir quién soy yo." 

Así comienza el Ecce Homo de Nietzsche. Al poco de acabar esa obra, en enero de 1889, el filósofo se desploma psíquicamente. 

Cuando el pasado verano pude contemplar varios días la puesta de sol en la provincia de Cádiz, vi qué intenso es el sol antes de "morir". En la playa de La Caleta y en Zahora el sol era el resplandor de una bomba recién estallada, tras el cual se hace la oscuridad. 

Ecce Homo es la última puesta de sol para quien lo lee -y para el propio Nietzsche-. Y en mi experiencia, un escrito así tiene la fuerza y la plenitud de un ocaso. Es el libro que tendría que estar en la mesilla cuando levanten nuestro cadáver. La muerte es transvaloración y transfiguración de lo que fuimos. La muerte es juicio.

Agobia pensar la muerte y es una impostura. Lo que se piensa sobre la muerte y la muerte en sí no tienen nada que ver. 

Vamos a dejarlo aquí.




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